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Don Yayo, un hombre de huellas indelebles

Por: José Vergara S. | Publicado el: 19 julio 2024

Emilio E. Fuentes R.



Un trece (13) de octubre de 1946, la altiva provincia de Chiriquí vio nacer a uno de sus hijos meritorios, Emilio Eduardo Fuentes Ríos. Este preclaro ciudadano a quien cariñosamente llamaban “Yayo” fue el menor de ocho hermanos fruto de la unión de don Julio Fuentes y Olivia Ríos.

Por aquellos años, nacer en un centro hospitalario era más que un lujo, una cuestión de suerte. Así lo describe en sus remembranzas el propio don Emilio “Yayo” Fuentes cuando contaba que, aunque él pudo nacer en la Clínica Balladares de la Concepción Bugaba. Algunos de sus amigos y conocidos de la época, tuvieron que venir al mundo de la mano de aquellas valerosas damas conocidas como “las parteras del pueblo”.

Su infancia estuvo marcada por la pérdida de su madre, la señora Olivia Ríos, quien murió cuando don Yayo apenas tenía 8 años. Aquel doloroso acontecimiento lo llevó a ver en sus hermanas el refugio de una madre que, aunque irremplazable, supieron apoyarlo, cuidarlo y motivarlo para seguir adelante. 

Si bien, eran tiempos distintos a los actuales los que vivió don Emilio “Yayo” Fuentes durante su niñez y adolescencia, allá en el pueblo de San Vicente de la Concepción Bugaba. Sin embargo, las pueblerinas calles de San Vicente, San Miguel del Yuco, Bongo y lugares aledaños, nunca escaparon del flagelo del robo, el hurto y de esas personas del mal vivir.

Ahora bien, las malas gavillas nunca pudieron influir en don Yayo. Sus principios y valores forjados desde casa fueron suficientes para no tomar caminos torcidos. Y no, no es cierto que nunca estuvo frente a la tentación de lo indebido; si lo estuvo, pero siempre eligió el camino del bien, nunca tomó lo ajeno, jamás se aprovechó de la ventaja ni mucho menos dio cabida al rencor.

Son muchas las cualidades a describir de don Yayo, pero basta con decir que supo delimitar muy bien la línea entre lo bueno y lo malo, entre lo justo y lo injusto. Y por sobre todas las cosas, siempre supo compartir con otros el pan de su mesa y extender la mano a quien más lo necesitaba.

En San Vicente se forjó como un gran emprendedor, pese haber cursado el bachillerato en contabilidad del Instituto Barú, prefirió ser independiente porque no le gustaba trabajar para el Estado. Pero, aunque parezca contradictorio, podríamos describirlo como un gran “servidor público” pues, su vida siempre estuvo entregada a su comunidad y a la provincia que lo vio nacer.

En su hogar, gracias al trabajo de sol a sol y a esa característica perseverancia del hombre campesino que con tesón siembra frutas y verduras, cría gallinas, cerdo y ganado lechero; logró educar y profesionalizar a sus cuatro hijos Carmen, Kathia, Lourdes y Emilio.

Su esposa Lely Morales fue cómplice de sus peticiones más incesantes… Las de visitar enfermos, donar ropa, comida, enseres, apoyar obras benéficas o cumplir con la cuota que allá en la campiña interiorana se conoce como “pagar el peón”. Término alusivo a ese acompañamiento que se le da a los organizadores de actividades en la comunidad; incluyendo los velorios a donde Yayo siempre llevó el tradicional pan con café y algo de dinero para apoyar el sepelio.

Imposible no citar las virtudes de un hombre con un alto sentido de pertenencia y amor por su país, sobre todo por su provincia Chiriquí. En su vocabulario no faltaba el distintivo regional “Meto”, término que siempre solía usar para denotar orgullo y admiración por aquellos que lograban superarse académica o profesionalmente y sin importar de donde viniera, cada escaño de superación era para él un logro compartido.

Don Eduardo “Yayo” Fuentes dejó huellas de alegría, entusiasmo y apoyo incondicional al deporte de la provincia de Chiriquí. En la década de los 80 adquirió un bus y con este trasladó por más de 10 años a la Selección de Béisbol Juvenil de Chiriquí, así como a otros equipos de ligas distritales de los que también formó parte como jugador de la primera base en sus años mozos.

En el fútbol, también como chofer, marcó la vida de directivos y jugadores del Club Deportivo Las Américas y Liberiano de Bugaba. Sin dejar de lado que la comunidad de San Vicente, por décadas, vieron en don Eduardo “Yayo” Fuentes a ese chofer responsable y abnegado, a quien se le podría confiar sin resquicio de duda el traslado de sus hijos a los distintos centros escolares.

Su hijo Emilio Eduardo lo describe como “un tipazo”, un hombre de huellas indelebles, un “padre fantástico”. Y entre sollozos recuerda “yo todos los días que lo veía, siempre lo abrazaba y le decía te quiero mucho ñoñon”, sonríe “ja, ja, ja” y vuelve a recordar “y él me decía loco, tico, tico loco”, es duro quedarse sin mi compañero, señala.

Su hijo es quien más le sabía sus mañas, comenta que le gustaba el queso, los tamales, el bienmesabe, la hojaldre y el tradicional almojábano. Le gustaba comprar sus numeritos para la lotería y quedarse a ver boxeo pasada la medianoche con un tanque del popular sao que preparaba para los que estaban dispuestos a trasnocharse. Señala Emilio junior “al viejo le gustaba apoyar siempre al equipo más cercano a su terruño, si no estaba Panamá en la jugada, entonces le iba a Costa Rica o a Colombia”.

El 11 de junio de 2024 entregó su vida al Creador Eduardo “Yayo” Fuentes Ríos, un hombre que supo ser hijo, hermano, padre, esposo, amigo y ciudadano de bien. Un ciudadano ejemplar, desprendido, desapegado de lo material y maestro del don de la hospitalidad, cualidad de la que fue testigo este humilde escritor cuando don Yayo abrió las puertas de su casa, me brindó techo, comida y cobijo como a uno más de sus hijos.

A su familia, esposa e hijos les extiendo un abrazo sincero y me uno al dolor de tan irreparable pérdida. Pero quiero cerrar recordando una anécdota de don Yayo que nos hace reflexionar sobre la resiliencia y de cómo ver la muerte con la misma naturalidad con que se ve la vida.

Hace algunos años me contó que ya había comprado un terreno en el cementerio y que allí había construido lo que sería su última morada… Unas bóvedas para él y sus familiares que describió así:

“Ya construí mi otra casa allá en el cementerio (…), la puse bien bonita, está pintada, con sus baldosas, sus verjas, techo de tejalit, cielo raso de PVC (…) ¡Meto! Ya la tengo lista para cuando me vaya a vivir allá”

Descansa en paz Emilio “Yayo” Eduardo Fuentes Ríos.

 

Abogado y Periodista

 

 

 

 

 

 


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