¡Basta ya de abusos en el transporte público-colectivo!
Diariamente observamos que el problema que confrontan los diferentes ciudadanos en nuestro medio, es el abuso en el trasporte público, el cual se constituye como la superficie del iceberg, es decir, suena a ruido galopante por agobiantes tiempos clamorosos y frustraciones hacia las autoridades del transporte terrestre, a los conductores de autobuses colectivos y clientes-pasajeros.
Todo esto, aunado a las costumbres cansinas e irresponsables sobre los uso de la vialidad infraestructural, señalética o símbolos que ayudan a guiar, orientar al transporte público-terrestre con relación a las normas reguladoras y de control que tienen que ser acatadas, primero por las autoridades, los conductores de los autobuses, y los usuarios-clientes del mencionado transporte.
Con relación a los tipos de control regulatorio del trasporte, sobre los espacios urbanos de estacionamientos y vías de transportación terrestres, que no son respetadas ni por las autoridades que relajan el cumplimiento estricto de las normativas por ley. Prueba de esto es que no hay mano dura en las aplicaciones de las sanciones a los conductores quienes, a riendas sueltas, echan a andar a los autobuses desbocada y peligrosamente contra la seguridad del ciudadano viajante, que guarda silencio con el pretexto de salir hacia destinos emprendidos y por llegadas o terminadas; ante estos riesgos y desmanes irracionales de criminalidad, consientes e inconscientes que no pueden permitírseles complicidad alguna.
Sin embargo, este desorden sistémico del transporte puede enmendarse a través de recias medidas coercitivas, tales como las suspensiones temporal y total de las licencias de operaciones, sancionar ejemplarmente aquellos conductores que manejan desordenadamente y son irresponsables con la vida de los clientes-usuarios, usos indebidos de las terceras vías, por parte de los diablos verdes, buses piratas, que circulan rompiendo todas las reglas que deben de cumplir como un servicio de suma responsabilidad hacia los viajantes que se trasladan a los trabajos, las escuelas o universidades, realizar compras, paseos o festividades-lúdicas o deportivas, entre otros, y los conductores de los Metrobuses, con quienes los inspectores o policías son benevolentes y privilegiados a la hora de llamarles la atención o sancionarlos por incumplimiento a las leyes del Tránsito.
Cabe señalar, que existen algunos conductores que practican las irresponsables-apadrinadas, este libertinaje consuetudinario es prueba distinguible cuando este tipo de conductores, echan en marcha a los vehículos de transporte público-colectivo, es una especie de hipnosis ejercida por este hacia el usuario-viajante que está enajenado por el dominador conductor en el viaje, no vale llamarle la atención ante las irresponsabilidades acometidas y, si continua con la protesta, recibirá soeces calificativos, amenazas y hasta agresiones físicas por el conductor o por los ayudantes o pavo; estos hechos no sancionados por las autoridades al respecto, son estados de malestares vivenciados por los usuarios-viajantes, como lo ha expresado Guillermo Franco: «somos rehenes del conductor y nada que hacer», nadie los denuncia y si los denuncias, aparecen los artilugios hermenéuticos en las leyes del Tránsito y los derechos fundamentales a los que se hacen reclamar los conductores.
No podemos aguantar y soslayar que los abusos sigan reinando en una ciudad que busca construirse sobre la base del orden y el progreso de bienestar de proclamarse sociedad postmoderna desde su desarrollo local y global, por ello, al gobierno le corresponde hacer cumplir las leyes.
*El autor es doctor en Metodología de la Investigación Social e investigador del IDEN


