Elogio de las malas palabras
Las «malas palabras» en la historia de la cultura llevan el peso del tabú, el cuestionamiento moralista o la interdicción legal, porque expresan sentimientos que promueven la vergüenza sobre partes del cuerpo, ya que aluden al placer, a la falta del pudor, o sirven para expresar en público el deseo de «casarse antes de la boda», el fervor por abrir el sésamo; el anhelo de amamantarse con pechugas de soprano o el anhelo de beber en el ánfora de todos los sueños. Esto no es nuevo, los griegos representaban la geografía del coño con el rostro de Medusa para petrificar el deseo, pero el deseo vuelve con el retorno de lo reprimido.
¿Quién no ha tenido la audacia de soltar una palabrota cuando nos joden? ¿Quién? Y antes de que el moralismo encierre a las malas palabras en el subterfugio o en la cárcel de los circunloquios, debo decir que equipos de investigadores de la Universidad de Maastricht, Universidad de Ciencia y Tecnología de Hong Kong, Universidad de Stanford y Universidad de Cambridge, dicen haber demostrado que «existe una relación positiva entre las malas palabras y la sinceridad». ¡Coño, qué bien!
Lo cierto es que las malas palabras no pueden ser exterminadas como las malas hierbas porque son necesarias, porque expresan lo prohibido o porque expresan lo dicho con sinceridad. Por eso, las malas palabras son necesarias y en la literatura han sido parte de una figura retórica usada con profusión, para la referirse a la lúbrica aventura del deseo, a los oportunos divertimentos de la sátira, o al poder de la diatriba o el insulto.
En la antigüedad se practicaba la coprofagia (comer las heces de los faraones), para alimentarse de divinidad o la de los encumbrados emperadores chinos para deducir si había hecho buena digestión, pero la palabra coprofagia no era una mala palabra. Tenía un abolengo exótico, pero cuando uno manda comer «ñinga» a un pelafustán atravesado en la carretera o «no da ni ñinga», cuando otros comebolas le dan todo su salario como diezmo al sopla dios de turno, entonces la mala palabra panameña es un acto de rebeldía.
Sin duda, hay nuevas clases de obscenidades que no tienen una mala palabra asignada. Político no es solo para referirse a un imbécil con poder, también puede referirse a corrupto con respaldo o a un electorado idiota o a un honorable diputado. No es lo mismo decir que el «sistema educativo defeca en la mente de la juventud, para cagarse en su futuro». Ni es lo mismo «tener la conciencia castrada por la ausencia de experiencia cultural», o ser la versión moderna de la esclavitud neoliberal: mano de obra barata, o estar educado para concebir la felicidad como consumo de productos cancerígenos. No tienen una mala palabra asignada porque tienen el resguardo de este circunloquio; «son políticamente correctos».
Lo cierto es que las malas palabras en la literatura no empiezan cuando el Pantagruel de Rabelais quiere hacer una muralla de vulvas para fortificar la ciudad de París o el poeta Ronsard se refiere al «tajo bermejo» para referirse a lo que las mujeres resguardan con celo bajo los perifollos, su tradición es más antigua. Y para terminar de joder, el científico Paul Heggarty, del Instituto Max Planck de Antropología Evolutiva en Leipzig (Alemania), nos recuerda que entre la lista de palabras más antiguas la lista Swadesh, elaborada en la década de 1950, «las partes del cuerpo, por ejemplo, son muy estables». Por eso, no sabemos cuándo se convirtieron en malas palabras, pero siempre han sido una forma de expresar la transgresión, la rebeldía la sinceridad y la libertad.
El autor es catedrático de la Escuela de Español de la Facultad de Humanidades*


