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El Corazón de la Educación por qué el “Formador de Formador” Es un Multiplicador de Esperanza

Por: Franklin De Gracia G. | Publicado el: 30 noviembre 2025



¿Sabe usted quién tiene en sus manos la formación de las próximas diez

generaciones?

En los pasillos de nuestras universidades, más allá de la seriedad de los espacios académicos y las exigencias de la investigación, su rol es dual: no solo enseña una disciplina, sino que forma al futuro docente que estará frente al aula.

Ese profesional que, día tras día, no solo enseña una asignatura, sino que fomenta la vocación de quienes tendrán en sus manos la formación de la primera infancia, el acompañamiento de la adolescencia y el desarrollo crítico de toda una generación. Este profesor asume el rol de multiplicador de esperanza, un legado que se expande año tras año como una onda transformadora.

En esta responsabilidad descansa un principio ineludible que debemos reconocer y respaldar con honor, ética y profunda consciencia moral. Se trata de una profesión noble que obliga a mirar más allá, pues el conocimiento cobra verdadero sentido cuando se combina con humanidad.

Esto nos lo recuerda con conmovedora claridad Paulo Freire, el gran pedagogo brasileño, al afirmar que “la educación es un acto de amor y, por lo tanto, un acto de valentía.” Estas palabras encapsulan una verdad universal: enseñar conlleva, en esencia, un gesto de amor hacia el futuro, hacia esos estudiantes que comienzan a descubrir su capacidad para educar y cuidar a otros.

La conexión emocional con esta tarea se intensifica al comprender la magnitud de la responsabilidad que implica. Cuando un futuro docente se enfrente a los desafíos y fracasos del aula, su capacidad para sobreponerse y transformar esas experiencias en motores de cambio positivo será, en gran medida, un reflejo directo del ejemplo ofrecido por su mentor.

Por eso, la enseñanza no debe limitarse a transmitir conocimientos teóricos; el aula debe convertirse en un espacio donde se ejercite y cultive la humanidad. Aquí es donde es fundamental ayudar a los futuros docentes a entender que las frustraciones son parte del camino, pero también a aprender cómo convertir esas experiencias en motores de cambio positivo.

Asumir este papel de guía y mentor requiere introspección constante y un espíritu generoso. El docente universitario es la prueba viviente de que investigación y enseñanza pueden coexistir armoniosamente. Permitir que la curiosidad y la pasión lideren las dinámicas del aula no solo enriquece el proceso educativo, sino que también inspira a los futuros maestros a ver el aprendizaje como un viaje continuo y no como un destino final.

Esta generosidad no solo se traduce en compartir conocimientos, sino también en abrir las puertas de su experiencia personal, mostrando cómo se han superado los retos propios de la docencia y ofreciendo un referente humano al cual aspirar.

Por estas razones, el compromiso que asumimos quienes formamos a los formadores no merece críticas gratuitas, sino más bien un reconocimiento constante y el respaldo necesario para continuar con su labor insustituible.

Su trabajo no es solo crucial; sino el motor que impulsa el avance social y educativo de nuestras comunidades. Aunque la tarea sea titánica, también es profundamente recompensante.

Por ello, el compromiso debe ser mutuo: hacemos un llamado a las instituciones y a la sociedad panameña a brindar el respaldo institucional y el reconocimiento social que esta labor insustituible merece. Solo así, avivaremos la llama de la esperanza educativa, para una gran nación.

¡Feliz día del maestro panameño!

El autor es Docente y Director del ICASE de la Universidad de Panamá

La responsabilidad de las opiniones expresadas y la publicación de los artículos, estudios y otras colaboraciones firmadas, corresponde exclusivamente a sus autores, y no la posición del medio.

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