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Una filosofía para el periodismo

Por: Mauro Zúñiga Saavedra | Publicado el: 08 abril 2026



El deterioro gradual y progresivo de los derechos individuales del siglo XIX degeneró en el totalitarismo postkantiano de los regímenes que gobernaron, lamentablemente, el siglo XX y parte del siglo XXI, siendo reemplazados en el plano jurídico político por derechos humanos, detenciones arbitrarias, presiones diplomáticas y negociaciones multilaterales, donde el periodista se convierte en un simple peón mediático en este ajedrez geopolítico.

“Aristóteles postula por primera vez la existencia de enunciados apofánticos, esto es, de afirmaciones concretas sobre lo real que pueden ser falseadas o confirmadas mediante la correcta aplicación de normas lógicas formales.  Cada enunciado adquiere un valor de verdad que cimenta las normas epistemológicas sobre las que, a la postre, se levanta el edificio periodístico tradicional”, señaló el investigador Aarón Rodríguez Serrano.

Sin embargo, al negar los modernos la metafísica racional aristotélica, vaciaron la teoría del conocimiento de su lógica formal y gran lógica reorientándola a la lógica matemática y estadística.

“Aristóteles concede una prioridad absoluta a la categoría primera, la de entidad o sustancia. En las Categorías Aristóteles denomina a los individuos “entidades primeras” y denomina “entidades segundas” a los géneros y especies. Las entidades son el eje sobre el que gira el lenguaje, el núcleo al que se orienta y remite el discurso”, indicó el peripatético Tomás Calvo Martínez.

Veamos el siguiente ejemplo. El ministerio de economía informó este lunes que la inflación interanual cerró en 4.2% al finalizar el año 2025. Según el reporte oficial, el aumento estuvo impulsado principalmente por el alza en los precios de los alimentos y el transporte. El informe indica además que el crecimiento del PIB fue de 5.1%, superior al registrado en 2024.

Este es un discurso apofántico débil porque los datos estadísticos dependen de constructos previos (canasta básica familiar, ponderaciones, índices), cambian con la convención metodológica y capturan accidentes, no sustancias (en clave aristotélica).

El periodismo contemporáneo abusa del discurso apofántico débil: verdadero / falso en sentido técnico, pero ontológicamente superficial. El logo aristotélico fuerte exige que el enunciado no solo mida, sino que dé razón de ser y de la causa.

Un párrafo apofántico ontológicamente fuerte puede ser el siguiente: El desempleo aumenta cuando el salario mínimo legal se fija por encima de la productividad marginal del trabajo.

Además, el ministerio de economía no es un sujeto que sea real, que conduzca a una verdad fuerte, sino una abstracción lingüística meramente nominal o institucional. No es sustancia ni actúa por sí mismo ni posee intelección ni causalidad propia. Es un ente de razón que subsume personas concretas, actos administrativos, documentos, procedimientos.

Por tanto, cuando decimos “el ministerio de economía informa”, el acto real no pertenece al “ministerio”, sino a personas determinadas que redactaron, firmaron y publicaron un informe.

El periodismo moderno reemplaza sustancias por abstracciones flotantes y causas reales por nombres colectivos. Esto produce un discurso apofántico empobrecido, compatible con el positivismo y nominalismo, pero ajeno al realismo aristotélico.

Solo lo que es sustancia tiene esencia y Calvo Martínez amplía: “tratándose de este tipo de sujeto, los predicados de la categoría primera exhiben aspectos esenciales de su ser, muestran su esencia. Por el contrario, los predicados pertenecientes a todas las demás categorías exhiben rasgos suyos no esenciales, exhiben sus accidentes”.

En el Ministerio no hay predicables esenciales, sus predicados solo pueden ser accidentales o atribuidos por sustitución del agente real. Ese “informó” no revela qué es el ministerio, sino que encubre quién actúo realmente. El discurso periodístico institucionalizado no revela el ser, solo administra signos. El resultado es un lenguaje verdadero en sentido técnico, pero ontológicamente mudo.

Donde no hay sustancia, no hay definición; donde no hay definición, no hay ciencia. Y esto es así porque donde no hay esencia no se pueden inducir leyes necesarias y absolutas de carácter universalmente válida para la colaboración social.

Tales leyes se infieren de una ciencia universal y normas lógicas aristotélicas, una ciencia que fue deliberadamente falseada, malinterpretada y repudiada desde su vuelta a Occidente a través de san Alberto Magno y santo Tomás de Aquino en el siglo XIII.

“La existencia existe, y el acto de comprender esa afirmación implica dos axiomas corolarios: que existe algo que uno percibe, y que uno existe poseyendo consciencia, entendiendo consciencia como la facultad de percibir lo que existe. Si nada existe no puede haber consciencia: una consciencia sin nada de lo cual ser consciente es una contradicción. Una consciencia consciente solo de ella misma es una contradicción: antes de poder identificarse como consciencia tuvo que ser consciente de algo. Si lo que alegas percibir no existe, lo que posees no es consciente”, explica la filósofa objetivista Ayn Rand.

El Ministerio “existe”, pero es un concepto que se forma y define después de formar y definir objetivamente los conceptos que subsume, un aspecto que las regularidades empíricas inmunes a la lógica aristotélica hacen imposible equiparando principios universalmente válidos del sujeto con inválidos, pero oficiales, legales y legítimos del Ministerio.

Los derechos individuales inalienables, el patrón oro clásico y la ley de Say de los mercados libres son consecuencias éticas políticas de toda una metafísica y epistemología racional. No eran axiomas en sí, sino resultados de ellos con anclaje ontológico fuerte.

Los institucionalistas y marxistas reificaron las instituciones: le atribuyeron vida, racionalidad y causalidad propias, como si fueran sujetos ontológicamente fuertes, capaces de producir leyes históricas o no objetivas positivistas. Pero, las instituciones no piensan ni tienen esencia cognoscente y, por ende, incapaces de generar leyes universales y necesarias. Solo ordenan, canalizan o distorsionan la acción de sujetos reales.

La modernidad reemplazó la ciencia universal aristotélica con su fuerte anclaje ontológico por una pseudociencia social del sujeto político con un leve anclaje en la realidad permitiendo así que la retórica y dialéctica volvieran a servir como instrumentos científicos, olvidándose de la advertencia de Aristóteles: “la dialéctica es universal, capacita para argumentar sobre cualquier tema o asunto, no se limita a ningún ámbito o género determinado. Y puesto que solamente puede haber ciencia cuando los razonamientos se refieren a un género, la dialéctica no produce conocimiento científico”, aclara Calvo Martínez.

“Pero no es el caso, escribe Aristóteles, que una parte de esta disciplina (lógica) estuviera plenamente realizada y otra parte no, sino que no había absolutamente nada. Y un poco más adelante insiste: y si bien sobre los temas retóricos había muchas cosas dichas desde antiguo, acerca del modo de razonar no contábamos en absoluto con nada anterior que mereciera mencionarse, sino que estuvimos trabajando durante largo tiempo investigando a base de esfuerzo”, agrega.

“El alumno de Historia de la Filosofía puede, además, recrear el mundo de los sofistas y conocer de primera mano en qué consiste esa retórica que pretende, no hallar en comunidad la verdad, sino hacer triunfar la opinión propia por encima de todo, aún de la misma razón”, asegura la docente María Teresa Fernández Martínez.

“La actitud de Sócrates – o de Platón – se entiende hasta cierto punto por la particular querella contra los sofistas, con cuya actividad se identificó el arte retórico. Gracias a este veredicto platónico y a sucesivas diatribas – con mayor o menor fundamento – o simples malentendidos, la retórica fue relegada como un mero instrumento de persuasión de ignorantes mediante el uso indiscriminado y aun inescrupuloso de ornamentaciones discursivas”, señala, por su parte, el colega Gonzalo Saavedra Vergara.

Lo anterior conduce al error epistemológico basado en la creencia que el “orden social” puede ser producido por nombres colectivos y no descubierto en la naturaleza del sujeto cognoscente, que es reemplazado por el sujeto político que se apropia por la fuerza bruta o el sufragio sustituyendo leyes necesarias por leyes históricas ignorándolas generando distorsión, o violentándolas provocando escasez, arbitrariedad e injusticia. ´

“Un esquema lógico puede en efecto llenarse con proposiciones de muy distinta índole en cuanto a su origen y su verdad: en términos generales digamos que en ciertos ámbitos razonamos con premisas verdaderas, mientras que en otros ámbitos razonamos a partir de premisas meramente probables o verosímiles. En el primer caso los razonamientos son científicos, en el segundo son dialécticos”, explica Calvo Martínez.

La moral y la política no admiten argumentos demostrativos porque tratan de lo contingente y variable, que es el platonismo encarnado en su filosofía: a pesar de reconocer el absolutismo de la realidad, en la teoría del conocimiento reorienta la dialéctica platónica a un razonamiento dialéctico no contradictorio partiendo de éndoxa (opiniones establecidas de los prudentes).

El problema moderno surge cuando esta limitación metodológica aristotélica se transforma en fundamento ontológico y epistemológico: la ciencia social moderna toma la dialéctica y la retórica no como instrumentos subordinados, sino como criterios autosuficientes de verdad práctica, desligados de una naturaleza humana teleológicamente inteligible.

Así, lo que en Aristóteles era prudencia racional orientada al bien degenera en constructivismo moral y decisionismo político, donde el consenso, la historia o lucha dialéctica reemplazan a la razón práctica anclada en la naturaleza. En ese tránsito, la dialéctica deja de ser auxiliar y se convierte en pseudo ciencia normativa.

En ese andar de los siglos surgió después de las guerras mundiales un neoaristotelismo denominado Objetivismo de Ayn Rand, que recupera la ley de identidad del Estagirita y afirma que los principios de la ciencia sí son conocidos mediante ciencia, y no por intuición directa como creía Aristóteles.

“No se ocupó de similitudes y diferencias percibidas. Y como no pudo explicar cómo captamos estas esencias (metafísicas), que no se perciben por nuestros sentidos, tuvo que tratar a esa comprensión como una intuición directa, una forma de conciencia directa, como percepciones, pero de un orden diferente y, por consiguiente, aprendiendo objetos diferentes”. (Rand 2011, 131).

Este rescate del aristotelismo provoca un nuevo giro a la filosofía dejando atrás el hecho por Immanuel Kant, el filósofo más culpable de las regresiones del modernismo. “Kant no le ofrece a la humanidad ninguna alternativa al reino de lo que es, y ninguna recompensa por renunciar a él. Es el primer filósofo de la historia en rechazar la realidad, el pensamiento, y los valores, no en aras de alguna versión superior de ellos, sino rechazarlos por rechazarlos. El poder en nombre del cual su genio habla no es la razón pura, sino la destrucción pura”, lamenta el filósofo objetivista Leonard Piekoff.

El periodista debe estar capacitado filosóficamente en la formación y definición objetiva de conceptos, para no publicar cualquier falacia de los distintos autores “sofistas sujetos políticos”. Para ello debería conocer la nueva teoría de los conceptos llamada “omisión de medidas”.

Lo que el aristotelismo resuelve ontológicamente mediante accidentes, el objetivismo lo resuelve epistemológicamente mediante omisión de medidas. Rand no sustituye la ontología aristotélica, sino que la despoja de categorías metafísicas no necesarias para explicar la cognición, manteniendo la objetividad mediante identidad y causal

El autor es Magíster en Periodismo Económico y Docente de la Facultad de Comunicación Social

La responsabilidad de las opiniones expresadas y la publicación de los artículos, estudios y otras colaboraciones firmadas, corresponde exclusivamente a sus autores, y no la posición del medio.

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