Micromachismos en Panamá: el suelo donde crecen los feminicidios
Rosmery Serrano tenÃa 24 años. Era madre. VivÃa en Puerto Caimito, La Chorrera. La encontraron muerta en su cama. Su pareja dijo que habÃa llegado borracha. La necropsia dijo otra cosa: asfixia mecánica. La ahorcaron. Fue el segundo femicidio de 2026 en Panamá Oeste.
En PocrÃ, distrito de Aguadulce, una joven de 21 años un domingo de misa por la mañana fue atacada por su expareja a puñaladas en pleno parque público. Le propinó al menos 15 puñaladas. La madre de la joven estaba en el lugar. Vio lo que le hicieron a su hija. El agresor tenÃa una orden de alejamiento vigente.
Estos casos no son explosiones de locura. No son hechos aislados. Son la punta del iceberg de una cultura que durante años ha ido sembrando el terreno. Los femicidios no empiezan con un disparo o una puñalada. Empiezan mucho antes, con gestos, con palabras, con silencios. Empiezan con lo que el psicólogo español Luis Bonino llamó "micromachismos".
Los micromachismos son prácticas sutiles, aprendidas y socialmente aceptadas de dominación masculina. No son delito. No duelen como un golpe. Pero son el entrenamiento diario para la violencia mayor. Son el ensayo general del femicidio: el hombre que decide por su pareja, el que revisa su celular, el que le dice con qué ropa puede salir, el hombre que dice "yo te ayudo con la casa" pero solo hace lo mÃnimo o el que promete cambiar pero nunca lo hace.
En cualquiera de sus formas, los micromachismos transmiten el mismo mensaje: "tú no decides, decido yo".
Los datos detrás del patrón
Los informes del Ministerio Público revelan un patrón que encaja perfectamente con esta lógica. En 2024, 12 de las 23 vÃctimas de femicidio tenÃan entre 18 y 29 años. En 2025, el rango de 18 a 24 años fue el más golpeado con 6 mujeres. Son mujeres jóvenes. Son mujeres que están en edad de independizarse, de estudiar, de dejar relaciones tóxicas. Son mujeres que, precisamente por eso, se convierten en blanco.
El feminicida no mata por amor. Mata por control. Mata porque no soporta perder el poder. La joven de Pocrà tenÃa una orden de alejamiento. Eso significa que ya habÃa denunciado. Ya habÃa intentado romper el vÃnculo. Y él, sintiendo que se le escapaba el control, la mató.
Micromachismos en las instituciones
El problema no es solo individual. También operan desde el Estado. Cuando una mujer denuncia y la reciben con escepticismo. Cuando un fiscal decide que un homicidio no es femicidio porque "no habÃa relación de pareja" (como ocurrió con 26 muertes violentas en 2024). Cuando una jueza firma una orden de alejamiento, pero no hay policÃas para hacerla cumplir. Cuando un funcionario dice "usted sabe cómo son los hombres" o "seguro ella lo provocó".
En septiembre pasado, la DefensorÃa del Pueblo denunció que una mujer asesinada por su pareja habÃa acudido a una fiscalÃa, pero esta no tomó su denuncia por violencia doméstica. Ese no es un error administrativo. Es el Estado diciéndole a una mujer: "Lo que te pasa no es tan grave".
El silencio de la comunidad
Los micromachismos también viven en el vecindario, en la familia, en el lugar de trabajo. El compañero de oficina que interrumpe a su colega mujer en cada reunión. El que dice "no sea tan brava" cuando una niña se queja de un abuso. La vecina que escucha los gritos, pero no llama a la policÃa porque "son cosas de pareja". La amiga que ve los moretones, pero no pregunta porque "no es su problema".
La joven de Pocrà fue atacada un domingo por la mañana, en un parque, frente a decenas de personas que salÃan de misa. Alguien intervino, sÃ. Pero ¿y antes? ¿Cuántas veces alguien vio algo y no dijo nada? ¿Cuántas veces la familia supo que él la golpeaba y no hizo nada? ¿Cuántas veces los amigos escucharon amenazas y no alertaron a las autoridades?
Los femicidios no se van a detener solo con leyes más duras o más policÃas. Hacen falta esas cosas, sÃ. Pero también hace falta desmontar la cultura que los hace posibles.
Se necesita educación desde la escuela. Programas como "Noviazgos Asertivos" y "Construcción de las Nuevas Masculinidades", que ya tiene el Ministerio de la Mujer, deben ser obligatorios y continuos, no talleres sueltos. Se necesita que los niños aprendan que el control no es amor. Se necesita que las niñas aprendan a identificar el abuso antes de que escale.
Se necesita trabajar con los hombres. No solo castigar al agresor, sino prevenirlo. Programas de reeducación para hombres condenados por violencia de género, como existen en España y en varios paÃses de la región, son una herramienta pendiente en Panamá.
Se necesita capacitar a los operadores de justicia para que reconozcan los micromachismos en las declaraciones, en los expedientes, en las propias actitudes. Un fiscal que minimiza una amenaza porque "no pasó nada" está siendo cómplice. Una jueza que no valora el contexto de control previo está fallando. Y se necesita que la sociedad entienda que los micromachismos no son inofensivos. Cada chiste machista, cada interrupción, cada control del celular, cada "no te pongas asÃ" es un ladrillo en el muro que termina en un femicidio.
Los femicidios no empiezan con un disparo. Empiezan con un "dónde vas", con un "con quién hablas", con un "esa ropa te queda muy provocativa", con un "tú sin mà no eres nada". Empiezan con un silencio cómplice. Empiezan con una orden de alejamiento que no se cumple. Empiezan con una denuncia que se pierde en un cajón.
La autora es Periodista


