"2026: Año del fortalecimiento de la autonomía universitaria, mediante la elección democrática de sus autoridades"


Cuando el docente se convierte en estudiante

Por: Darío Sanjur | Publicado el: 03 mayo 2026



Convertirse en estudiante nuevamente, después de años de ejercer como profesor, es una experiencia reveladora. No por el desafío académico al que uno está acostumbrado, sino por algo mucho más preocupante, se trata de la falta de acompañamiento, orientación y empatía en algunos programas de posgrado que, paradójicamente, deberían ser modelos de excelencia educativa.

Lo que viví recientemente en una universidad me dejó una reflexión que considero urgente compartir. Como profesor, siempre he defendido que la educación superior debe ser un espacio de diálogo, guía y construcción conjunta. Sin embargo, al estar del otro lado, me encontré con un escenario distinto.

Un programa de educación continua  no puede iniciar sin una bienvenida formal, sin una reunión introductoria, sin un espacio donde se presenten los docentes, las expectativas, las plataformas y los canales de comunicación. Esto no es un lujo; es una necesidad básica para cualquier estudiante que ingresa a un proceso formativo de alto nivel.

La educación continua exige más que contenidos, exige presencia, guía y claridad. No se puede asumir que todos los estudiantes dominan las herramientas tecnológicas de la misma manera, ni que sus circunstancias personales y laborales son homogéneas. La empatía no es un complemento; es un pilar.

En docencia superior hablamos constantemente de estrategias didácticas, de aprendizaje significativo, de equidad educativa. Sin embargo, cuando la práctica contradice el discurso, se evidencia una grieta profunda. Una grieta que no solo afecta al estudiante, sino también a la credibilidad institucional.

Como docente, sé que la responsabilidad no recae únicamente en el estudiante. La institución y el profesor tienen el deber de garantizar procesos claros, accesibles y coherentes. Cuando un estudiante adulto, profesional, responsable expresa que tuvo dificultades técnicas para ingresar a una clase, la respuesta no puede ser la desconfianza o la indiferencia. La educación no puede funcionar bajo la lógica de “mi verdad es la única verdad”.

No se trata de un caso aislado: muchos estudiantes viven situaciones similares, pero no siempre tienen la oportunidad o el espacio para expresarlo.

Como docente, me preocupa. Como estudiante, me afecta. Como ciudadano, me indigna. La educación superior necesita replantearse. Necesita volver a mirar al estudiante como un ser humano integral, no como un número en una plataforma. Necesita docentes que acompañen, instituciones que orienten y programas que realmente formen.

Ser docente implica vocación. Ser estudiante implica esfuerzo. Pero ser ambos al mismo tiempo permite ver con claridad dónde están las fallas y qué debemos mejorar.

Ojalá esta reflexión sirva para abrir conversaciones necesarias y para recordar que la educación, en cualquier nivel, debe ser un acto de humanidad antes que un trámite académico.

El autor es Periodista

La responsabilidad de las opiniones expresadas y la publicación de los artículos, estudios y otras colaboraciones firmadas, corresponde exclusivamente a sus autores, y no la posición del medio.

Buscador

Ingresa y escucha nuestros PODCAST



Click y Descarga Logo Oficial