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La reificación de conceptos colectivos

Por: Mauro Zuñiga | Publicado el: 04 mayo 2026



“La sociedad actúa”, “el Estado habla”, El mercado decide”, “La nación inspira”, “La clase social enorgullece”, “La opinión pública indica”, “La cultura eleva”, “La humanidad señala”.

Estos conceptos colectivos se han vuelto autónomos y ratificados. La sociedad no es un ser que actúa, sino un conjunto de individuos; el Estado no habla como si tuviera voluntad propia, son las personas actuando dentro de las instituciones; el mercado no decide, sino el proceso de intercambio entre individuos; la nación es una construcción histórica y cultural que agrupa identidades diversas.

La clase social es una categoría analítica (burguesía o proletario) no una entidad abstracta; la opinión pública es una sumatoria de opiniones probables; la cultura es un conjunto de prácticas, valores y símbolos compartidos por un agente autónomo; y la humanidad es la agrupación de todos los seres humanos.

Augusto Comte, el hombre que acuñó el nombre de la sociología, llegó a escribir: “El hombre propiamente dicho no existe, no puede existir más que la humanidad, ya que todo nuestro desarrollo se debe a la sociedad, bajo cualquier aspecto que se le considere”.

Ni la humanidad ni la sociedad actúan, lo hacen sus miembros individuales utilizando alguna herramienta del saber, pero puede ser cualquiera, sea retóricas, dialécticas, lógicas, y de esa manera crean, de manera no intencionada, el universo social.

Comte identifica el “hombre propiamente dicho” con el “hombre de ciencia” que, “por la clase de capacidad que desarrollan y su cultura intelectual, son los únicos competentes” para “reorganizar la sociedad”.

Por culpa de esa forma de pensar, Comte reintrodujo el Legislador Omnisciente, al que concierne prescribir los contenidos de la acción de los hombres individuales, “unir en un haz y dirigir hacia un fin común todas las actividades individuales”.

Es la atribución del monopolio de la verdad a algún grupo privilegiado, la presunción de que la razón consciente de cualquier minoría “es capaz de abarcar todos los fines y todo el conocimiento de la sociedad o de la humanidad”.

“Los conceptos colectivos son, por tanto, estenogramas que facilitan nuestro trabajo. Sin embargo, si los hipostatizamos, se convierten en una “realidad” verdadera y propia que subsiste detrás del fluir de los fenómenos, es decir, como fuerzas reales que se manifiestan en la historia”, explicó el economista austríaco Friederick Hayek.

Se llama duplicación de la realidad “porque a los hombres que actúan se añaden los conceptos reificados, que se convierten en entidades dotadas de vida separada y autónoma”, agregó.

Convertidos en “causa histórica desdoblada de los acontecimientos y que crea los acontecimientos mismos”, los conceptos reificados actúan como auténticos sujetos, una entidad separada y autónoma: ya no son las acciones humanas las que dan vida a la sociedad, sino esta la que da vida a las acciones humanas.

La ley de causalidad es invertida, pero peor aún la reificación lleva a pensar que existe “un punto de vista de la sociedad” diferente a la de los actores individuales y de rango superior.

Para recuperar el individualismo metodológico y superar el colectivismo reinante hoy en día, “se debe comenzar por comprender por qué los conceptos y las definiciones no pueden ni deben ser arbitrarios. Para entender esto plenamente, es menester comenzar por entender el motivo por el cual el hombre necesita de una ciencia tal como la epistemología”, enseña la filósofa objetivista Ayn Rand.

“En la ciencia primera, precisamente por ser primera, vienen a fundirse dos perspectivas teóricas, dos ciencias dispares: de una parte, la teología, ciencia a la que compete estudiar la realidad suprema, y de otra parte, una pretendida ciencia universal capaz de hacerse cargo de todo lo real, de lo que es, sin restricción alguna, estudiándolo en tanto que algo es simplemente, y no en tanto que es tal o cual cosa”, sostuvo el filósofo Tomás Calvo Martínez sobre Aristóteles.

En la filosofía primera (metafísica) confluyen, pues, la teología (ciencia, en principio, particular) y la ontología (ciencia, por principio, universal). Esta fusión volvió para Occidente en el siglo XIII. “Si exceptuamos la lógica, parcialmente conocida a través de Boecio, podemos decir sin exageración que la filosofía de Aristóteles permaneció desconocida en Europa hasta el siglo XIII”, aclaró Calvo Martínez.

“Durante siglos, las obras de Aristóteles estuvieron perdidas para Occidente. Y entonces Tomas de Aquino dejó suelto a Aristóteles en ese desierto de cruces y horcas. La razón, enseñó Tomás, no es una criada de la fe, sino una facultad autónoma, la cual los hombres deben usar y obedecer; el mundo físico no es una emanación inmaterial, sino algo sólido, conocible, real; la vida no está para ser maldecida, sino para ser vivida. En menos de un siglo, Occidente estaba en el umbral del Renacimiento”, aportó el objetivista Leonard Piekoff.

Esa ciencia universal fue falseada, repudiada y malinterpretada prácticamente desde que volvió a Europa por el voluntarismo de Duns Escoto y el nominalismo de Guillermo de Oakham, hostiles a la metafísica y epistemología de inspiración aristotélica. Posteriormente, la dicotomía analítica sintética iniciada por Descartes y reformulada y sistematizada por Immanuel Kant, quien niega que la metafísica sea una ciencia reemplazándola por el binomio fenomenal - noumenal.

Ahora en el mundo postmoderno ininteligible, lleno de incertidumbre, irracional y sumamente hostil construido por los postkantianos, resulta casi imposible edificar una teoría de los conceptos porque la metafísica ha sido prácticamente eliminada y la epistemología desintegrada mediante la noción de que los hechos son materia de proposiciones “sintéticas” y “empíricas”, quedando, en consecuencia, fuera del área de la filosofía, con el resultado de que las ciencias especiales se hallan ahora a la deriva, en medio de una creciente ola de irracionalismo.

Ayn Rand recupera esa ciencia universal y reconstruye una metafísica como ciencia basada en conceptos axiomáticos: existencia, identidad y conciencia, las cosas existen tienen una identidad y lo sabemos, siendo la conciencia la facultad de percibir lo que existe.

Recuperada la metafísica como ciencia, se reinstala la única realidad que existe, de la cual es posible abstraer conceptos universales con connotaciones políticas positivas. Rand desarrolla una nueva teoría de los conceptos llamada omisión de medidas con anclaje en la realidad o sea sostenida en una metafísica racional.

La pregunta de la epistemología es: ¿cuál es la naturaleza del proceso de formación de conceptos? Específicamente, ¿a qué se refieren los conceptos en la realidad?

Veamos cómo un niño formaría implícitamente el concepto de longitud, el más simple epistemológicamente. El niño percibe un fósforo, un lápiz o un palo y observará que el atributo unificador es la longitud, pero entre ellos las longitudes son diferentes: el fósforo tiene poca longitud, el lápiz un poco más y el palo mucha más. Lo que los diferencia es la medida.

“Para formar el concepto de longitud la mente de la criatura retiene el atributo, pero omite sus medidas particulares. O, más precisamente, si el proceso fuese identificado en palabras, consistiría en lo siguiente: la longitud debe existir en alguna cantidad, pero puede existir en cualquiera cantidad. Identificaré como longitud al atributo de cualquier cosa existente que la posea y que pueda ser cuantitativamente relacionada con una unidad de longitud, sin especificar la cantidad involucrada”, explicó Rand.

Esta es la naturaleza del proceso que la mente del niño realiza sin usar palabras. El mismo principio guía el proceso de formación de los conceptos de existencia como mesa y ser humano.

El principio básico de la formación de conceptos que establece que la medida omitida debe existir en alguna cantidad, pero puede existir en cualquier cantidad es el equivalente del principio básico del álgebra, que determina que los símbolos algebraicos deben recibir algún valor numérico, pero puede ser cualquier valor numérico. En ese sentido y en este respecto, la conciencia perceptual es la aritmética, pero la conciencia conceptual es el álgebra de la cognición.

Para la formación de conceptos de conciencia como el amor, que no existen en la realidad como los conceptos de existencia, el hombre es consciente de sus resultados, pero no del proceso mismo. En un nivel superior, conceptual, el proceso es psicológico, consciente y volitivo.

“La formación de los conceptos introspectivos sigue los mismos principios que la formación de los conceptos extrospectivos. Un concepto perteneciente a la conciencia es una integración mental de dos o más casos de un proceso psicológico que posee las mismas características distintivas (por ejemplo, un proceso de cognición orientado hacia un propósito específico en el caso del concepto de pensamiento), omitiendo tanto los contenidos particulares como también las mediciones de la intensidad de la acción”, detalló Rand.

Aquellos que se oponen a las mediciones son los mismos que desean preservar un santuario para lo indeterminado en beneficio de lo irracional, es evadir la responsabilidad de la precisión cognitiva como deseo epistemológico y la integración a gran escala.

Metafísicamente, el deseo de evadirse del absolutismo de la existencia, de los hechos, de la realidad y, sobre todas las cosas, de la identidad.

El autor es Magíster y Docente de la Facultad de Comunicación Social

La responsabilidad de las opiniones expresadas y la publicación de los artículos, estudios y otras colaboraciones firmadas, corresponde exclusivamente a sus autores, y no la posición del medio.

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