Redes sociales, imperialismo cultural y folclore en tiempos del algoritmo
La circulación cultural atraviesa hoy una transformación profunda. Ya no depende únicamente de los grandes estudios de cine, de las cadenas de televisión o de las disqueras con alcance internacional. Una parte decisiva de ese poder pasa ahora por plataformas digitales que seleccionan, jerarquizan y multiplican aquello que millones de personas escuchan y observan cada día.
En ese nuevo entorno, el problema no consiste solo en la influencia externa, sino en la manera en que el algoritmo favorece la repetición de ciertas formas expresivas hasta convertirlas en modelo de gusto, prestigio e imitación. Ese es uno de los cambios más importantes de nuestro tiempo. Antes, el dominio cultural se identificaba con mayor claridad en países o corporaciones mediáticas. Ahora, buena parte de ese control pasa por plataformas que administran la visibilidad. El problema ya no es solo quién produce cultura, sino quién decide qué circula más, qué se vuelve imitable y qué termina pareciendo moderno, atractivo o valioso. Más que una imposición cultural directa, lo que se configura es una tendencia persistente a uniformar gustos, formas de expresión y criterios de reconocimiento.
Esto se observa con fuerza en el terreno musical. Hoy una persona pasa horas consumiendo videos breves en los que escucha instrumentos, ritmos, acentos, modos de cantar y recursos escénicos procedentes de distintos países. Poco a poco, esas referencias se convierten en modelo. Entonces empiezan a aparecer casos concretos: jóvenes que quieren introducir en agrupaciones locales formas vocales copiadas casi literalmente de repertorios extranjeros; músicos que incorporan timbres o giros melódicos vistos en videos virales; creadores que sustituyen sonoridades tradicionales por otras que consideran “más actuales” simplemente porque dominan en las plataformas.
En Panamá, eso ya puede percibirse en distintos niveles. Se ve, por ejemplo, cuando algunos intérpretes o agrupaciones intentan dar un aire “internacional” a una pieza folclórica introduciendo instrumentos, arreglos o maneras de cantar tomados de contenidos foráneos que circulan masivamente en redes. También se advierte cuando ciertas propuestas de proyección folclórica empiezan a parecerse más a espectáculos armados para la cámara que a expresiones construidas desde la memoria cultural. En esos casos, la lógica digital empieza a pesar más que la lógica de la tradición.
Pensemos en situaciones muy concretas. Un joven escucha en redes sociales instrumentos andinos, sonoridades balcánicas, recursos vocales del Asia central o patrones rítmicos del mercado urbano global, y luego intenta colocarlos dentro de una pieza panameña sin mayor mediación cultural. Otro ve cantos tradicionales de otros países, se impresiona por su impacto visual y trata de reproducirlos dentro de una presentación local, como si cualquier práctica vocal pudiera insertarse sin alterar el sentido de lo que aquí existe. También ocurre cuando se reemplaza la cadencia propia de una expresión panameña por una manera de frasear aprendida en internet, porque esa forma “suena más viral” o “se oye más comercial”.
Algo semejante sucede con la música urbana. En más de una ocasión, elementos del folclore panameño se incorporan no desde el conocimiento, sino desde la conveniencia estética. Se toma un tambor, un grito, una saloma, una indumentaria o una referencia verbal como adorno llamativo para reforzar una imagen de autenticidad. Pero una cosa es dialogar con la tradición y otra muy distinta usarla como accesorio sonoro o visual para hacerla entrar en la economía de la tendencia.
Lo más delicado es que este proceso suele presentarse como algo natural. Se dice que es evolución, modernización o fusión. Y, en parte, toda cultura viva se transforma. Panamá siempre ha sido un espacio de cruces, con identidades cercanas, pero diversas. El problema aparece cuando esa diversidad comienza a diluirse bajo la presión de modelos que tienden a repetirse en todo el mundo. Ahí la diferencia pierde espesor y las expresiones locales empiezan a parecerse entre sí, no porque compartan historia, sino porque responden a las mismas lógicas de circulación digital.
Las redes sociales producen, además, una ilusión de diversidad. Pareciera que todo tiene cabida: lo local, lo tradicional, lo urbano, lo indígena, lo campesino, lo popular. Sin embargo, la visibilidad real suele favorecer aquello que se ajusta mejor al formato dominante: videos cortos, sonidos inmediatos, imágenes impactantes, recursos fácilmente imitables. Eso obliga a muchas expresiones culturales a comprimirse, simplificarse o deformarse para poder circular. Lo que no entra en ese molde corre el riesgo de volverse invisible.
A esto se suma otro cambio evidente: hoy mucha gente no escucha canciones completas, sino coros virales. La experiencia musical ha quedado reducida, en numerosos casos, a un fragmento breve que circula, se repite y se agota con rapidez. Ya no importa tanto la obra, su sentido o su arraigo cultural, sino el pedazo más útil para la tendencia. Esa forma de consumo también afecta al folclore, porque lo obliga a competir en un terreno donde vale más lo instantáneo que lo profundo, más el impacto breve que la memoria cultural.
Por eso, el folclore resulta especialmente vulnerable. No porque sea frágil en esencia, sino porque su valor no depende solo del sonido o de la apariencia. Depende también de su contexto, de su historia, de su vínculo con la comunidad, del sentido de sus letras, de la función de sus cantos y del lugar que ocupa en la memoria colectiva. Cuando todo eso se reduce a un fragmento espectacular de pocos segundos, se pierde una parte importante de su verdad cultural.
La universidad, los medios y los propios creadores tienen aquí una responsabilidad clara. No se trata de rechazar las redes sociales ni de negar toda influencia externa. Se trata de formar criterio. Hay que enseñar a distinguir entre inspiración y copia, entre intercambio y desplazamiento, entre apropiación creativa y vaciamiento cultural. No todo lo que circula mucho en internet enriquece necesariamente una tradición.
Hoy el imperialismo cultural ya no entra solo por la pantalla grande ni por la programación televisiva. También entra por el algoritmo, por el video breve, por el sonido viral y por la repetición de modelos que terminan pareciendo universales. En ese escenario, defender el folclore no significa encerrarlo, sino comprenderlo lo suficiente para que pueda dialogar con el mundo sin dejar de reconocerse a sí mismo.
Los autores son Roberto Antonio Pinto Rodríguez, Doctor en Ciencias de la Comunicación Social y profesor de la Facultad de Comunicación Social de la Universidad de Panamá, especialista en medios de comunicación y cultura; y Arturo Coley Graham, catedrático de la Facultad de Comunicación Social de la Universidad de Panamá y doctor en Ciencias de la Información por la Universidad Complutense de Madrid, España.


