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La razón como virtud cardinal

Por: Mauro Zuñiga | Publicado el: 08 mayo 2026



El valor es el objeto que se obtiene y conserva, siendo la vida el valor esencial. La virtud es la acción que se emprende para obtenerlo, siendo la racionalidad la virtud cardinal.

La racionalidad es psicológica, conceptual y volitiva: hay que hacer el esfuerzo por razonar, toda vez que la razón es la facultad que identifica e integra el material provisto por los sentidos y la lógica el arte de identificación no contradictoria.

La lógica no es arbitraria ni caprichosa, tiene sus reglas atemporales y ahistóricas: ley de causalidad, principio de no contradicción y tercero excluido como corolarios de los conceptos axiomáticos: existencia, identidad y conciencia, siendo la conciencia la facultad que percibe los existentes.

Aquellos que operan con la racionalidad como virtud cardinal pueden alcanzar valoraciones filosóficamente objetivas.

“Por filosóficamente objetivo me refiero a un valor apreciado desde el punto de vista de que es lo mejor posible para el hombre, es decir, lo juzgado por el criterio de la mente más racional, aquella que posea el máximo conocimiento en una categoría dada, en un periodo dado y en un contexto definido (no se puede estimar nada en un contexto indefinido)”, explicó Ayn Rand, filósofa objetivista.

Si el potencial intelectual de un individuo escasamente puede conseguir disfrutar de Condorito, no hay razón para que sus exiguos ingresos, el producto de su esfuerzo, sea gastado en libros de Víctor Hugo que no puede leer, o subsidiar la industria aeronáutica, ambas objetivamente de mucho mayor valor, si sus necesidades de transporte no van más allá del rango de una bicicleta. Ni tampoco hay razón para que el resto de la humanidad debe ser retenida por la fuerza al nivel de su gusto literario, de su capacidad de ingeniería y de su ingreso. Los valores no son determinados por un orden arbitrario ni por el voto mayoritario.

“El valor de libre mercado de los bienes o servicios no representa necesariamente su valor filosóficamente objetivo, sino sólo su valor socialmente objetivo, es decir, la suma de los juicios individuales de todos los hombres involucrados comercialmente en un momento dado, la suma que todos ellos valoraron, cada uno en el contexto de su propia vida”, señaló Rand.

Así, un fabricante de balones de fútbol bien puede hacer mayor fortuna que un fabricante de puentes, aun cuando puede ser racionalmente demostrado que los puentes son científicamente más valiosos que los balones. Pero ¿valioso para quién?

Para una comunidad humilde que no necesita ningún artefacto para unir senderos, el puente no tiene ningún valor, pero un balón de fútbol sí. Puede ser la diferencia entre la alegría o la tristeza, entre la exaltación de su cultura o su abandono.

Dentro de su poder productivo, un dentista paga una parte del costo de los logros científicos, cuando y a medida que los va necesitando. No tiene un “deber social” con todos los avances tecnológicos, su vida es su única responsabilidad y lo único que un sistema capitalista requiere de él es lo que la naturaleza requiere: racionalidad, es decir, que viva y actúe en concordancia con su propio juicio.

Si abstraemos, por ejemplo, y eliminamos mentalmente por un momento los tres órganos del Estado, las licitaciones, contrataciones directas, concesiones, fijación caprichosa de precios, salarios e intereses; asignación arbitraria de recursos, políticas fiscales y monetarias, ¿qué nos queda? Seres humanos interactuando unos con otros ofertando y demandando bienes y servicios en un mercado libre, siendo la función del Estado proteger y defender los derechos individuales inalienables a la vida, libertad, propiedad y búsqueda de felicidad entre individuos que habitan un universo inteligible, racional y benevolente.

Así era con las constituciones liberales clásicas del siglo XIX, venidas a menos por el violento ataque de los conservadores y socialistas mediante las guerras civiles y mundiales hasta consolidar el estado actual del mundo.

“Un mercado libre es un proceso continuo, un proceso ascendente que exige lo mejor, lo más racional, de cada hombre y lo recompensa como consecuencia. Mientras la mayoría apenas ha asimilado cuál es el valor del automóvil, la minoría creativa presenta el avión. La mayoría aprende por las pruebas, la minoría está en libertad para demostrar. El valor filosóficamente objetivo de un nuevo producto sirve como maestro para aquellas personas que están dispuestas a ejercitar su facultad racional, cada individuo actuará en la medida de su capacidad”, aseguró Rand.

Pero tal universo objetivista solo se cumple si se restauran constitucionalmente los derechos individuales inalienables y económicamente el noble patrón oro clásico o algún sustituto digital, tal como se venía consolidando hasta el estallido de la Primera Guerra Mundial.

Así fue como las sociedades semi capitalistas cedieron ante el totalitarismo del estatismo, un sistema de violencia institucionalizada y perpetua guerra civil en un universo ininteligible, lleno de incertidumbre, irracional y sumamente hostil. “No deja a los hombres otra opción que pelear para capturar el poder político, para robar o ser robado, matar o ser matado. Cuando la fuerza bruta es el único criterio de conducta social y rendirse sin ofrecer resistencia a la destrucción es la única alternativa, aún el más bajo de los hombres, hasta un animal, hasta una rata arrinconada, peleará. No puede haber paz dentro de una nación esclavizada”, aclaró Rand.

Rand recuerda que “el capitalismo le dio a la humanidad el periodo más largo de paz en la historia, un periodo durante el cual no hubo guerras que involucraran al mundo civilizado, desde el fin de las guerras napoleónicas en 1815 hasta el estallido de la Primera Guerra Mundial”.

Con las guerras mundiales lograron la restauración mercantilista, que se fundamenta en la concepción de la economía como un juega de suma cero equiparándose con la guerra, donde una parte gana y la otra pierde en cada transacción comercial. La división global del trabajo y el comercio son vistos como una peligrosa amenaza a evitar, ya sea perjudicando al exterior, por ejemplo, estableciendo aranceles, o beneficiando al interior, anteponiendo y favoreciendo la producción interior por el mero hecho de ser interior.

Y todo ello, se suele decir, con el objetivo de preservar los intereses nacionales que, curiosamente, suelen estar contrapuestos a los intereses de los propios individuos que conforman esas naciones. Eli Heckscher definió acertadamente esta doctrina como la “teoría económica del nacionalismo”.

El capitalismo emergente del siglo XIX tenía al dominante mercantilismo como su competidor más feroz, toda vez que Gran Bretaña y Estados Unidos, “los dos países que supuestamente han alcanzado la cima de la economía mundial mediante su política de libre mercado y libre comercio, son de hecho los que utilizaron de formas más agresiva la protección y subsidios”, reveló el economista Ha - Joon Chang.

El autor es Magíster y Docente de la Facultad de Comunicación Social de la Universidad de Panamá

La responsabilidad de las opiniones expresadas y la publicación de los artículos, estudios y otras colaboraciones firmadas, corresponde exclusivamente a sus autores, y no la posición del medio.

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