En la penumbra del deseo: memoria viva de los cines para adultos en Panamá
Entre ruinas urbanas y silencios compartidos, dos salas resisten como testigos de una historia que mezcla censura, deseo y transformación social.
En el centro de la ciudad, donde el concreto guarda historias que ya nadie quiere contar, las luces de neón apenas sobreviven. Parpadean como si dudaran. Como si supieran que pertenecen a otro tiempo.
AhÃ, entre calles de tránsito pesado y fachadas desgastadas, aún respiran dos espacios que se niegan a desaparecer: el Cine Tropical y el Cine Apolo.
No hay filas. No hay estrenos.
Hay silencio. Un silencio espeso que, sin embargo, está lleno de historia.
Porque estos cines no siempre fueron lo que hoy representan. A inicios del siglo XX, cuando el cine llegaba a Panamá como una novedad cultural, las salas eran espacios de encuentro familiar, de descubrimiento, incluso de educación. Eran teatros amplios, elegantes, con capacidad para cientos de personas que acudÃan a ver el mundo proyectado en una pantalla.
Pero la sociedad también proyectaba sus miedos.
Durante décadas, cualquier insinuación de erotismo era motivo de censura. Bastaba un beso prolongado para incomodar a sectores conservadores que veÃan en el cine una amenaza moral. Sin embargo, el mundo cambiaba. Y Panamá, aunque a su ritmo, también.
La revolución sexual de los años 60 abrió una grieta en esa moral rÃgida. Lo que antes era clandestino comenzó a encontrar espacios propios. Y en medio de ese cambio, algunas salas tradicionales empezaron a transformarse.
El Cine Tropical, que alguna vez albergó a más de mil espectadores en funciones convencionales, terminó convirtiéndose en un cine para adultos. Lo mismo ocurrió con el Cine Apolo, inaugurado en 1939 como una sala tradicional, que con el tiempo migró hacia el circuito XXX.
No fue un cambio abrupto. Fue una adaptación.
Durante las décadas de 1970 a 1990, estos espacios vivieron su auge. En barrios como Calidonia y Santa Ana, el cine para adultos no era una rareza, sino parte del paisaje urbano. En una época sin internet, sin acceso inmediato al contenido, estas salas ofrecÃan algo más que pelÃculas: ofrecÃan anonimato.
Hombres —casi siempre hombres— cruzaban esas puertas con la mirada baja. Algunos jóvenes, otros mayores. Obreros, empleados, incluso profesionales. Afuera, la ciudad imponÃa reglas. Adentro, el anonimato las suspendÃa.
Era un ritual silencioso.
Nadie hablaba. Nadie preguntaba.
Pero todos entendÃan. Sin embargo, ese mismo silencio estaba cargado de contradicción. Porque mientras estos espacios funcionaban legalmente, la sociedad los empujaba a la marginalidad. Se les señalaba como focos de inmoralidad, como territorios incómodos que era mejor ignorar.
Panamá aprendió a convivir con ellos de una forma peculiar: permitiéndolos, pero sin aceptarlos.
Y entonces llegó el quiebre.
Primero el VHS, luego el DVD, y finalmente, internet. El acceso dejó de ser colectivo y se volvió Ãntimo, inmediato, privado. El deseo ya no necesitaba desplazarse ni exponerse.
Las butacas empezaron a vaciarse.
Muchos cines cerraron. Otros cambiaron de uso. Y los que quedaron, como el Cine Tropical y el Cine Apolo, se convirtieron en algo distinto: vestigios.
Hoy, quienes aún cruzan esas puertas lo hacen por razones que ya no tienen que ver solo con el contenido. Algunos llegan por costumbre. Otros por soledad. Algunos, quizás, buscando una forma de conexión que no encontraron en la virtualidad.
Porque estos cines dejaron de ser únicamente salas de proyección.
Se convirtieron en refugios.
Refugios en una ciudad que se modernizó sin mirar atrás. Mientras Panamá crece hacia arriba, con centros comerciales, salas digitales y entretenimiento familiar, estos espacios quedaron anclados en otra lógica, en otro ritmo, en otra historia.
Y en ese contraste, dicen más de lo que aparentan.
Hablan de una sociedad que consume en privado lo que condena en público.
Hablan de la evolución del deseo y de sus lÃmites.
Hablan del abandono de ciertos espacios urbanos y de las vidas que aún los habitan.
El Cine Tropical y el Cine Apolo no compiten con nadie. No buscan reinventarse. No prometen nada. Solo resisten.
La autora es Periodista


