Individualismo verdadero
El verdadero individualismo fue el liberalismo aristotélico cristiano que emergía con la Declaración de Independencia de Estados Unidos de finales del siglo XVIII frente al falso individualismo, que se consolidaba en la Europa Continental proveniente del racionalismo cartesiano de la Revolución francesa.
“Sostenemos como evidentes estas verdades: que todos los hombres son creados iguales; que son dotados por su Creador de ciertos derechos inalienables; que entre éstos están la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad; que para garantizar estos derechos se instituyen entre los hombres los gobiernos”, se lee en la Declaración de Independencia de Estados Unidos.
Para filósofos objetivistas como Leonard Piekoff, esta declaración contiene el núcleo político del sistema aristotélico. “El hombre, decían en esencia los Padres Fundadores de los Estados Unidos, es el animal racional. Por lo tanto, es el individuo, no el estado, quien es soberano; el hombre debe ser dejado libre para pensar y para actuar en consecuencia. A diferencia de Platón, cuyas ideas políticas eran consecuencia de sus premisas básicas, las ideas políticas de Aristóteles eran mixtas; eran una mezcla de elementos individualistas y platónicos (el concepto de “derechos” aún no había sido formulado). En la Declaración de Independencia y la Constitución que la implementa vemos finalmente la expresión plena, en términos políticos, de los fundamentos aristotélicos”.
“La diferencia entre este punto de vista, que explica el orden que hallamos en las cosas humanas como resultado imprevisto de acciones individuales y la concepción que interpreta todo orden posible como un proyecto deliberado, es el primero y gran contraste entre el verdadero liberalismo de los pensadores ingleses del siglo XVIII y el llamado “individualismo” de la Escuela Cartesiana”, aclaró el economista austriaco Frederick Hayek.
Existe una confusión en atribuir a Adam Smith (1723-1790) el origen del pensamiento pro-mercado porque su famoso libro “Una investigación de la naturaleza y causa de la riqueza de las naciones” fue publicado el año de la independencia estadounidense de Gran Bretaña.
Hay muchas cosas que olvida esta visión de la historia intelectual. Los fundadores reales de la ciencia económica en realidad escribieron cientos de años antes que Smith. No eran economistas como tales, sino teólogos morales, formados en la tradición de Santo Tomás de Aquino y se los conoce colectivamente como los escolásticos tardíos.
Los escolásticos tardíos tenían a la racionalidad como virtud cardinal sentando las bases de lo que sería la auténtica revolución de la filosofía individualista de los pensadores ilustrados comenzando por John Locke y terminando en los Padres Fundadores de USA.
“La mejor ilustración de la errónea interpretación que hoy se hace del individualismo de Adam Smith y de su escuela es acaso la extendida creencia de que inventaron el espantapájaros del “hombre económico” y que sus conclusiones estén viciadas por el presupuesto de un comportamiento rigurosamente racional o, más en general, por una falsa psicología racionalista”, aseguró Hayek.
Erróneamente se atribuye el racionalismo a Descartes, cuando la auténtica racionalidad proviene de Aristóteles. “La cruzada de escepticismo en la era moderna; el creciente ataque contra los absolutos, la certeza, y la propia razón; la insistencia que convicciones firmes son una enfermedad y que un “término medio” en cualquier disputa es el único recurso del hombre – todo esto, en gran parte, es consecuencia del enfoque básico de Descartes a la filosofía. Para recuperar la confianza en la mente del hombre, el primer filósofo moderno que hay que refutar es Kant; el segundo es Descartes”, advirtió Ayn Rand, filósofa objetivista.
La ciencia universal aristotélica con su absolutismo de la naturaleza, su validez de los sentidos y su orden espontáneo está representada por sus conceptos axiomáticos: existencia, identidad y conciencia.
El grado de libertad de una nación está expresado en cómo sus ciudadanos formen y definen, para entenderse, conceptos universales con connotaciones positivas o negativas para la colaboración social mediante la división del trabajo.
“Las naciones se apoyan en instituciones que ciertamente son resultado de las acciones humanas, pero no de un proyecto humano; y que la colaboración espontánea de hombres libres crea con frecuencia cosas que son superiores a lo que sus mentes individuales jamás habrían podido comprender plenamente”, explicó el pensador inglés, Adam Ferguson.
Hemos perdido la ciencia universal porque el dominante y universalizado estatismo neo mercantilista, donde unos pocos gobiernan y mandan, la desechó por una pseudociencia social que gradúa solo técnicos del talento o tecnócratas, que sólo conocen y dominan parcelas de la realidad, pero son incapaces de ver el bosque inmersos en un sistema social que no comprenden.
“Por su naturaleza, las ideas fundamentales se esparcen por toda una sociedad, influenciando a cada subgrupo, ignorando las diferencias de ocupación, educación, raza o clase. Los hombres que están siendo influenciados conservan la facultad de la voluntad. Pero la mayoría son inocentes en cuanto a una filosofía explícita y no ejercen el poder que tienen para juzgar ideas. Sin darse cuenta, aceptan todo lo que se les da”, indicó Piekoff.
Supuestamente el orden complejo evolutivamente inestable de sistemas de hoy en un universo ininteligible, cargado de incertidumbre, irracional y sumamente hostil sustituyó obviamente mediante el sistemático uso de la fuerza bruta, cuya máxima expresión fueron las dos espantosas guerras mundiales, al orden espontáneo de hombres racionales, conceptuales, libres y contractuales de un universo inteligible y benevolente.
“Es por lo menos comprensible que la prevalencia de este tipo de individualismo (cartesiano) haya hecho con frecuencia que muchas personas de buena voluntad perdieran la esperanza sobre la posibilidad de obtener un orden en una sociedad libre, y hayan incluso exigido un gobierno dictatorial con poder para imponer a la sociedad el orden que esta no produce por su propia cuenta”, sostenía Hayek.
El autor es Magíster y Docente Universitario


