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Las redes sociales entre la información y la manipulación emocional

Por: Roberto Antonio Pinto y Arturo Coley Graham | Publicado el: 18 mayo 2026



En Panamá, las redes sociales ocupan hoy un lugar decisivo en la formación de la opinión ciudadana. Ya no son solo espacios para entretenerse, conversar o compartir imágenes cotidianas; también se han convertido en escenarios donde muchas personas conocen hechos políticos, interpretan conflictos sociales, reaccionan ante debates culturales y construyen juicios sobre la realidad. El problema comienza cuando se olvida una diferencia fundamental: informar no es lo mismo que viralizar.

Las plataformas digitales premian la rapidez, la reacción inmediata y el impacto emocional. En ese entorno, muchas veces no circula más lo verdadero, sino lo llamativo. Lo escandaloso, lo exagerado, lo ofensivo o lo sospechoso suele despertar más atención que una explicación seria, documentada y equilibrada. Así, el contenido que más se comparte no es necesariamente el mejor informado, sino el que más sacude emocionalmente al público. Diversos estudios internacionales han advertido que las redes sociales se han consolidado como una fuente frecuente de información, especialmente entre los sectores más jóvenes, aunque, al mismo tiempo, son percibidas como uno de los principales espacios de circulación de desinformación.

Ese fenómeno tiene efectos claros en la vida pública panameña. Muchas personas, especialmente quienes no dominan el funcionamiento de estas plataformas, pueden terminar dando por cierto casi todo lo que aparece en un video, una imagen o un texto ampliamente compartido. No siempre se verifica la fuente. No siempre se revisa el contexto. No siempre se distingue entre información, propaganda, manipulación, sátira o montaje. Se comparte primero y se piensa después. Y es allí donde la red deja de ser una herramienta útil para convertirse en un terreno fértil para la confusión.

La situación se agrava porque la lógica digital ha fortalecido una vieja tendencia: la atracción por “lo amarillo”. Lo sensacionalista, que antes pertenecía sobre todo a ciertos formatos de prensa o televisión, hoy circula con más velocidad, más alcance y menos control. Basta un titular alarmista, una frase recortada o una imagen sacada de contexto para alterar percepciones colectivas en pocas horas. En ese proceso, la emoción sustituye al análisis y la indignación reemplaza la comprensión. La gente no siempre se detiene a preguntarse si algo es verdad; muchas veces solo decide si le provoca rabia, miedo, burla o entusiasmo.

En ese marco, la formación de la opinión ciudadana corre un riesgo serio. Una ciudadanía bien informada necesita contraste, contexto, memoria y capacidad crítica. Pero las redes, tal como funcionan hoy, impulsan con frecuencia lo contrario: fragmentación, simplificación y respuestas impulsivas. No favorecen necesariamente la reflexión, sino la reacción. Y una sociedad que reacciona sin examinar es más vulnerable a la manipulación emocional.

Hay, además, otro aspecto preocupante: el escaso interés que muchas veces suscita lo cultural frente al predominio de lo polémico. Los asuntos vinculados con la memoria, el patrimonio, la identidad, la educación o las expresiones artísticas suelen quedar relegados ante contenidos más agresivos o escandalosos. Lo cultural exige atención, contexto y disposición para comprender. En cambio, la lógica de muchas redes premia el conflicto instantáneo y el consumo veloz. De ese modo, se empobrece la conversación pública y se reduce el espacio para temas que también forman ciudadanía.

Esto no significa que las redes sociales deban ser condenadas en bloque. Sería injusto y simplista. Han permitido visibilizar denuncias, ampliar voces y abrir espacios de participación antes limitados. El problema no está en la herramienta, sino en el uso social que se hace de ella y en la falta de criterio con que muchas veces se consume su contenido. La tecnología puede servir para informar, educar y conectar. Pero también puede usarse para distorsionar, manipular y explotar emociones colectivas.

Por eso, Panamá necesita fortalecer con urgencia la educación mediática y digital. No basta con saber abrir una cuenta, publicar una historia o reenviar un video. Hace falta aprender a leer críticamente lo que circula, identificar intereses, reconocer sesgos, verificar fuentes y entender que la popularidad de un contenido no garantiza su veracidad. Un mensaje puede tener miles de reproducciones y seguir siendo falso. Puede ser tendencia y seguir siendo engañoso. Puede parecer convincente y, aun así, estar construido para manipular.

Conviene decirlo con claridad: una democracia no se sostiene solo con acceso a plataformas, sino con ciudadanos capaces de pensar por sí mismos. Cuando la emoción sustituye al juicio, la viralidad reemplaza la verdad y el espectáculo desplaza la reflexión, la opinión pública queda expuesta a presiones que no siempre son visibles, pero sí profundamente eficaces.

En tiempos como estos, defender la información seria es también defender la libertad de criterio. Y esa sigue siendo una tarea humana, no algorítmica.

Los autores son Roberto Antonio Pinto Rodríguez, Doctor en Ciencias de la Comunicación Social y profesor de la Facultad de Comunicación Social de la Universidad de Panamá, especialista en medios de comunicación y cultura; y Arturo Coley Graham, catedrático de la Facultad de Comunicación Social de la Universidad de Panamá y doctor en Ciencias de la Información por la Universidad Complutense de Madrid, España.

La responsabilidad de las opiniones expresadas y la publicación de los artículos, estudios y otras colaboraciones firmadas, corresponde exclusivamente a sus autores, y no la posición del medio.

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