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La mentalidad ingenieril

Por: Mauro Zuñiga | Publicado el: 19 mayo 2026



El ingeniero no tiene ningún problema cuando se dedica al descubrimiento de métodos para el desarrollo del ingenuo humano, pero comete un error garrafal al dedicarse a la ingeniería social, esto es, construir una sociedad según un plan diseñado por el ingeniero.

“Los antiguos místicos tradicionales proclaman que no se puede medir el amor en kilos, centímetros o dinero. Son asistidos y defendidos por los neo místicos que, embriagados por conceptos indigestos de medición, proclaman que las mediciones son el único instrumento de las ciencias, y proceden entonces a contar genuflexiones, llenar cuestionarios estadísticos, controlar el tiempo que tardan las ratas para aprender algo, como indicadores de la psiquis humana”, advertía la objetivista Ayn Rand.

En religión miden las veces que celebran alabanzas, oraciones y misa sin conocer la historia cristiana; en psicología, la “caja de Skinner” que mide la recompensa y castigo entre ratas para luego aplicarla al comportamiento humano; la matematización de la economía reduciendo al animal racional basado en el patrón oro clásico en un ser estadístico nacido en un estado nación y sostenido en el dinero fiat; en derecho, el positivismo jurídico con su formalismo sin contenido; y en periodismo, los retratos empíricos de la vida diaria sin la aplicación de la lógica aristotélica a los hechos de la experiencia.

La mentalidad que caracterizó al pensamiento de los siglos XIX, XX, y lo que va del XXI, se podría llamar “ingenieril”, la actitud mental del ingeniero que, aun distinguiéndose del cientista, en muchos aspectos es sumamente afín; y precisamente por esa afinidad es tomado en consideración.

El cientista es un servil imitador del método y el lenguaje de la Ciencia naturales y exacta en el campo de los fenómenos sociales.

“Durante la primera mitad del siglo XIX surgió una nueva actitud. El término Ciencia quedó cada vez más confinado en el ámbito de la física y las disciplinas biológicas, las cuales empezaron al mismo tiempo a reclamar para sí un especial rigor y certeza que la distinguiera de todas las demás. Su éxito fue que pronto comenzaron a ejercer una extraordinaria fascinación sobre los que trabajaban en otras disciplinas, quienes comenzaron a imitar rápidamente sus doctrinas y vocabulario”, explicó el economista austriaco Friederick Hayek.

Y es así que comenzó la tiranía que los métodos y técnicas de las Ciencias, en el sentido estricto de la palabra, han venido ejerciendo sobre las demás disciplinas.

Paralelamente al resurgir un renovado interés por Aristóteles promovido y alentado desde distintos ámbitos y perspectivas, como los estudios biológicos, en la Europa Continental de finales del siglo XVIII se daba el giro Copernico a la filosofía de Immanuel Kant, que borraría ese nuevo impulso aristotélico.

A pesar de que Charles Darwin escribió con entusiasmo: “Linneo y Cuvier han sido mis dos dioses, pero los dos eran simples escolares comparados con el viejo Aristóteles”, los errores del Estagirita derivados de su falta de instrumentos, la insuficiencia de sus observaciones y el giro Copernico en la filosofía provocaron que ese renovado interés se fuera desvaneciendo con el transcurrir de las décadas.

“Estos profetas de una nueva época, que declararon haber descubierto por primera vez una ciencia del mundo social, no sólo fracasaron en este campo que ellos declararon que era el campo propio de su actividad, sino que, sin vacilación alguna, decidieron destruir la historia de todas las ciencias que emplean el método histórico. Fascinados por la idea de que la mecánica newtoniana constituye el modelo de todas las auténticas ciencias, pretendieron que la historia empezara a levantarse al mismo nivel de una ciencia exacta mediante la construcción de leyes histórica”, escribió el pensador austriaco Ludwig Von Mises.

En Aristóteles, el método histórico es instrumento auxiliar para llegar a verdades universales. En el modernismo, el método histórico es el criterio principal, que relativiza lo universal y reduce todo a evolución y contexto histórico.

Y es así como se fueron abandonando principios universales absolutos y necesarios para la colaboración social teniendo a la racionalidad aristotélica como virtud cardinal por principios “universales” provisionales, mutables y cínicos del racionalismo cartesiano socializado a partir del giro copernicano.

“Los conceptos del hombre son sólo un espejismo, y además un espejismo colectivo, del cual nadie tiene el poder de escapar. Por lo tanto, la razón y la ciencia son “limitadas”, dijo Kant; son válidas mientras traten con este mundo, con un espejismo colectivo, permanente y predeterminado (y así es como el criterio para validar la razón fue cambiado de lo objetivo a lo colectivo)”, condenó Rand.

Entonces no existe una teoría de los conceptos universal, solo existen palabras y estas son un convencionalismo social arbitrario: opinión pública, consensos científicos y sufragio universal miden los acontecimientos sociales y fenómenos naturales, cuya verdad alcanzada sólo puede ser provisional y mutable. No es por gusto que la democracia moderna ponga un límite al tiempo de los gobernantes en el poder, creyendo así que controla la corrupción, nepotismo y despilfarro.

El ejemplo más temprano del restringido significado moderno de la palabra Ciencia aparece en el New English Dictionary de Murray, en una fecha tan tardía como 1867. Pero J.T. Merz tiene razón probablemente cuando propone que la Ciencia adquirió su significado actual en la época en que se formó la British Association for the Advancement of Science (1831).

A pesar de que apenas ha contribuido a la comprensión de los fenómenos sociales, los imitadores de la Ciencia continúan confundiendo y desacreditando el trabajo de las disciplinas sociales exigiendo incursiones más profundas en esta dirección presentándolas como las más revolucionarias innovaciones que, si se adoptaran, asegurarían rápidos y maravillosos progresos.

Curiosamente los imitadores tuvieron que recurrir a guerras civiles en el siglo XIX, y sobre todo a guerras mundiales y la fría que le siguió en el XX, para borrar completamente cualquier atisbo constitucional del liberalismo clásico.

Por ejemplo, la salvaguardia y protección constitucional del siglo XIX de los derechos individuales a la vida, libertad, propiedad y búsqueda de felicidad mediante acuerdos voluntarios y pacíficos entre personas racionales, morales, libres y justas que trataron de vivir en un universo inteligible y benevolente fue borrada y reemplazada por deberes incomprensibles y derechos inflados del ser estadístico que habita en un universo ininteligible, irracional y sumamente hostil.

“Borrar la verdad a una escala de tal magnitud, esconder al mundo un secreto a voces, esconder, sin ningún poder de censura y sin ningún rumor significativo de protesta, el hecho de que un sistema social ideal estuvo alguna vez al alcance de los hombres es un hecho que no puede realizar sino con la conformidad tácita de quienes conocen la verdad”, lamentaría Rand.

Con las guerras mundiales Occidente entró en la época del embrutecimiento nacional y el endeudamiento crónico público y privado por el abandono también del patrón oro clásico.

“El mundo que desapareció en 1914 parecía, en retrospectiva, algo así como nuestra imagen del paraíso”, escribía el economista Cecil Hirsch en su crítica del junio de 1934 del clásico de R.W. Hawtrey, The Art Central Banking (1933). Hirsch se quejaba de la pérdida de la restricción previsora que había prevalecido una vez entre los “bancos de banqueros” de Occidente, concluyendo que los tiempos modernos “habían fracasado a la hora de alcanzar el nivel de sabiduría y previsión que prevaleció en el siglo XIX”.

El autor es Magíster y Docente de la Facultad de Comunicación Social

La responsabilidad de las opiniones expresadas y la publicación de los artículos, estudios y otras colaboraciones firmadas, corresponde exclusivamente a sus autores, y no la posición del medio.

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