La paradoja del liderazgo: cuando el poder silencia la escucha
El entorno profesional contemporáneo se vanagloria, casi por sistema, de ser el terreno de la innovación, el crecimiento humano y el trabajo en equipo. En los discursos corporativos y las conferencias de liderazgo se suele asumir que quienes dirigen las organizaciones poseen una sensibilidad distinta, una capacidad superior para el diálogo y la empatÃa. Sin embargo, con alarmante frecuencia, la realidad nos baja de esa nube de golpe: las altas posiciones y los cargos ejecutivos no eximen a nadie de las prácticas más elementales de la deslealtad y el autoritarismo.
Hace poco fui testigo de una situación que invita a una profunda —y dolorosa— reflexión. Una profesional con una trayectoria impecable fue relevada de su cargo por decisión de la alta dirección; alguien que, más allá del vÃnculo laboral, compartÃa con ella un lazo de supuesta amistad. El problema aquà no es el cambio administrativo en sà —los puestos son transitorios, las estructuras se renuevan y las sillas cambian de dueño—, sino la absoluta ausencia de decencia personal y profesional para sentarse a conversar. Se ejecutó el veredicto sin otorgar el derecho a la palabra, rompiendo la regla más básica de cualquier relación humana: la comunicación directa.
Este hecho, sin embargo, no ocurrió de la noche a la mañana ni en el vacÃo. Vino precedido por un fenómeno moderno, sutil en las formas pero devastador en su fondo: la exclusión digital. La afectada fue apartada y aislada de un canal de comunicación virtual del cual no solo formaba parte, sino del que fue fundadora. No se trataba de un chat de ocio para compartir memes; era un colectivo de mujeres profesionales de diversas áreas del conocimiento y la gestión. Un espacio que teóricamente nació para tejer redes de apoyo, debate y crecimiento mutuo.
La respuesta de este grupo de expertas ante un conflicto o una diferencia de criterios fue la fragmentación cobarde. Optaron por la vÃa fácil: crear un espacio paralelo, silenciar a una compañera y tomar partido sin siquiera levantar el teléfono para preguntarle qué habÃa sucedido.
Es aquà donde topamos de frente con una tremenda paradoja. Nos llenamos la boca en foros, talleres y redes sociales hablando de "sororidad", de "liderazgo femenino" y de la urgencia de romper techos de cristal apoyándonos entre nosotras. Pero cuando el poder, el estatus o la conveniencia entran en juego, esa solidaridad de género se vuelve selectiva, plástica y utilitaria. ¿De qué sirve acumular éxitos, colgar tÃtulos en la pared y liderar proyectos si ante la primera diferencia se prefiere el ostracismo y el chisme de pasillo por encima de la madurez de una conversación de frente?
La verdadera calidad de un lÃder —y de un colectivo— se mide en su capacidad para gestionar el disenso de manera transparente, no a puerta cerrada. Validar una sola versión de los hechos sin escuchar la contraparte no es solo una injusticia individual; es un sÃntoma de mediocridad organizacional. Cuando quienes están en la cúspide prefieren la comodidad del silencio y la exclusión antes que la incomodidad de un diálogo honesto, las organizaciones pierden su esencia y se convierten en tableros frÃos donde las personas son fichas descartables.
Al final del dÃa, las jefaturas pasan, los contratos terminan y las pantallas se apagan, pero la dignidad y la coherencia quedan intactas. Este episodio nos deja una lección clara que no debemos olvidar: el éxito profesional sin ética es solo vanidad, y la amistad que flaquea ante las dinámicas del poder nunca fue una amistad real. Urge recuperar, en cualquier entorno, la decencia de escuchar.
La autora es Periodista y magÃster en Periodismo Digital


