El Consejo de Newton
“Despierte, Monsier le Comte, tiene grandes cosas que hacer”. Así despertaba la criada al Conde Saint – Simon, el padre del socialismo utópico, cuya leyenda decía que descendía de Carlomagno y que d´Alembert había dirigido su educación.
Después de especular a gran escala con dinero prestado, siendo uno de los mayores beneficiarios de la inflación; emprender en la construcción de una gran planta industrial y al menos tomó en consideración la creación de una empresa mixta comercial y bancaria que debía ser único en el mundo, comenzó a vivir por todo lo alto cargándole la cuenta al diplomático y su socio comercial, Sigismund Ehrenreich, conde de Redern, quien terminaría retirándole los fondos.
Saint – Simon consideró, entonces, prudente retirarse de la actividad comercial y buscar en adelante la gloria en el mundo intelectual, un deleite que alcanzaría en el Ecole Polytechnique mediante la creación del Consejo de Newton.
“Fue en este periodo cuando pasó tres años en estrecho contacto con los profesores y estudiantes del Ecole Polytechnique como una especie de mecenas – alumno, festejando a los profesores y ayudando a los estudiantes, a uno de los cuales, el gran matemático Boisson, le sostuvo enteramente durante años y le trató como un hijo adoptivo”, relató Friederick Hayek, economista austríaco en su obra “Estudio sobre el abuso de la razón”.
El Consejo de Newton compuesto por veintiún científicos, buscaba reivindicar los derechos de los hombres de genio y reconciliar a los propietarios con los que carecen de propiedad, a quienes Saint – Simon exhortaba a aceptar la propuesta, que es el único medio para evitar esa “lucha que, por la naturaleza de las cosas, existe siempre y necesariamente”.
El conde impondría el Consejo bajo el principio que “todo aquel que no obedezca las órdenes será tratado por los demás como un cuadrúpedo”. “Se trata de la efusión de un visionario megalómano que expulsa ideas mal digeridas, que trata continuamente de llamar la atención hacia su genio incomprendido”, describía Hayek.
Ese falso principio recuerda el supuesto consejo de Aristóteles a su discípulo Alejandro Magno: “trata a los macedonios y griegos como seres humanos y a los demás como plantas y animales”, pero con la diferencia que Saint - Simon no hacía distinción, simplemente cualquiera que no obedeciera era una bestia.
Tras unos años de creciente penuria, Saint - Simón volvería con ideas más radicales: la organización a sí mismo de la ciencia desde el punto de vista del fisicismo, un nuevo método científico general y una nueva religión, aunque al principio solo para las clases ilustradas. “Debe ser el tercer gran estadio en la evolución de la religión desde el politeísmo, a través del deísmo, al fisicismo”, acotó Hayek.
En esta contrarrevolución de la ciencia corresponde al gran emperador Napoleón, “al jefe científico de la humanidad lo mismo que su jefe político”, “al hombre más positivo de nuestro tiempo”, organizar el sistema científico en una nueva enciclopedia digna de su nombre.
Es así como se van sembrando las bases para que el actual político llamado presidente, se convierta por la magia de unas elecciones democráticas en el nuevo jefe científico y político de las sociedades modernas, aunque estos ingenieros sociales tuvieran que recurrir a dos espantosas guerras mundiales para imponer el nuevo credo fisicista.
Según Hayek, este credo guiado por el Consejo de Newton “creará una obra que organizará el fisicismo y encontrará, mediante el razonamiento y la observación, los principios que por siempre servirán de guía a la humanidad”.
Detrás de Napoleón estaría su “lugarteniente científico, como su segundo Descartes y bajo cuya dirección la nueva escuela realizará maravillas”. No pudo encontrar más asombros que guerras civiles a lo largo y ancho del siglo XIX.
En el siglo XVII, René Descartes reinstaló el platonismo como fundamento de la filosofía moderna. Debido a ciertos elementos intrinsicistas presentes en su sistema, los aristotélicos habían permanecido expuestos a críticas, especialmente en dos ámbitos decisivos: la teoría de los conceptos y la fundamentación objetiva de la ética.
Aristóteles sostenía que la ética no podía alcanzar el mismo tipo de demostración rigurosa que las ciencias exactas. Estas debilidades históricas abrieron el camino para que la corriente cartesiana penetrara con fuerza intelectual. Así, hacia finales del siglo XVIII, justamente cuando surgían los Estados Unidos, la escuela cartesiana terminó imponiendo sus consecuencias sin encontrar una resistencia significativa.
“El entusiasmo por el fisicismo (llamado ahora fisicalismo) y el empleo del lenguaje físico, el intento de unificar la ciencia y convertirla en base de la moral, el rechazo de todo razonamiento teológico, el afán por organizar el trabajo ajeno particularmente mediante la publicación de una gran enciclopedia y la pretensión de planificar la vida en general sobre bases científicas están presentes por doquier”, lamentaría Hayek.
El animal racional aristotélico cristiano que trataba de vivir en un universo inteligible, ordenado y benevolente, que emergía con fuerza a través de la Ilustrada Escocia y el nacimiento de Estados Unidos cedería gradualmente al ser estadístico nacido en los nuevos estados naciones de un universo ininteligible, incomprensible, irracional y hostil.
El resultado del enfoque cartesiano fue el abandono progresivo del compromiso filosófico de Occidente con la razón y el reemplazo consciente, en los círculos intelectuales, de los últimos vestigios de Aristóteles por una visión opuesta a su pensamiento. El filósofo que clausuró el impulso central de la Ilustración y preparó las bases intelectuales del siglo XX fue Immanuel Kant.
La cruzada escéptica de la modernidad, el ataque progresivo contra los absolutos, la certeza y la propia razón; la idea de que las convicciones firmes constituyen una patología y de que el “justo medio” en toda disputa es la única salida del ser humano, tiene en gran medida su origen en el enfoque filosófico de Descartes. Para restaurar la confianza en la mente humana, el primer filósofo moderno que debe ser refutado es Kant; el segundo, Descartes.
El autor es Magíster y Docente de la Facultad de Comunicación Social


