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El reggae panameño como legado urbano a través del audiovisual

Por: Roberto Antonio Pinto | Publicado el: 24 junio 2026



El reggae panameño no solo pertenece a la historia de la música urbana; pertenece también a la historia del audiovisual en Panamá. Buena parte de lo que hoy puede afirmarse, recordarse y estudiarse sobre ese movimiento se conserva gracias a las imágenes que lo registraron. Videos, programas de televisión, entrevistas, presentaciones grabadas, archivos de productores y materiales promocionales permiten volver a una época decisiva y comprender que el reggae en español no solo sonó en Panamá: también quedó filmado aquí.

Ese punto es fundamental. El reggae panameño vive hoy, en gran medida, a través de su memoria audiovisual. Muchas de sus canciones siguen circulando por el oído, pero su dimensión cultural más amplia —sus gestos, sus modos de vestir, su relación con el barrio, su presencia en los buses, en la televisión y en la vida popular— solo puede recuperarse plenamente por medio de la imagen. Allí reside el valor del audiovisual: no se limita a acompañar la música, sino que la convierte en testimonio de una época.

En los años ochenta y noventa, el reggae panameño fue una de las expresiones urbanas más intensas del país. Nació en un entorno atravesado por la cultura afrocaribeña, por la presencia jamaicana en Panamá y por las transformaciones sociales de la ciudad. Sin embargo, lo que hoy permite reconstruir con mayor precisión ese momento no es únicamente el recuerdo oral ni la circulación de los discos, sino el conjunto de materiales audiovisuales que dejaron constancia de sus artistas, sus escenarios y sus públicos.

Cuando hoy se discute el origen del género urbano latinoamericano, el audiovisual adquiere un peso decisivo. Gracias a esas imágenes es posible comprobar que en Panamá existió una escena viva, con artistas definidos, espacios de circulación, modos de representación y una estética propia. Las grabaciones no solo conservan canciones; conservan cuerpos, bailes, actitudes, barrios, lenguajes y formas de ocupar la ciudad. Por eso, cada documento audiovisual de aquella etapa tiene valor histórico.

La fuerza de Chichoman en el ambiente local, por ejemplo, no se entiende solo por el impacto de su música, sino también por la huella visual de una época en la que el reggae se expandía por las calles, por los buses, por las emisoras y por los barrios. Lo mismo ocurre con El General, cuya dimensión internacional quedó ligada no solo a sus canciones, sino a su presencia mediática, a sus apariciones televisivas y a la circulación de imágenes que ayudaron a proyectarlo fuera de Panamá. Junto a ellos, Renato, Nando Boom, Gaby y otros exponentes forman parte de una memoria urbana que necesita ser leída también desde el archivo visual.

En esa historia ocupan un lugar importante los realizadores y productores que ayudaron a darle imagen al movimiento. Franco Holness abrió un camino pionero desde la televisión. Más adelante, nombres como Roberto Rudas, Guillermo Jiménez, Paul Anria, Alvis González y Francisco Pascual Velasco, entre otros, contribuyeron a consolidar una etapa en la que el video se volvió decisivo para la proyección del reggae panameño. Gracias a esos trabajos, hoy no dependemos únicamente de relatos dispersos: existen imágenes que permiten ver cómo se construyó la representación del artista urbano panameño. Ese proceso, además, ha continuado con nuevas figuras del audiovisual, entre ellas Andrés González, dentro del mercado contemporáneo del video musical urbano.

El valor de esos materiales no está solo en haber acompañado una canción exitosa. Está en que fijaron una cultura urbana. Un videoclip, una entrevista o una presentación grabada pueden revelar una estética de barrio, una forma de bailar, una relación con el espacio público, una gestualidad juvenil y una identidad popular que pertenecen a un momento concreto de la vida panameña. De ahí que estos archivos no deban verse como simples recuerdos musicales, sino como documentos audiovisuales de la ciudad.

También hay en ello una dimensión social importante. El audiovisual permitió que sectores populares tuvieran presencia en pantalla y que una parte del país, a menudo mirada con distancia o prejuicio, apareciera con voz propia. En esos registros emergió otro Panamá: menos ceremonial, menos oficial, pero profundamente real. Un Panamá marcado por el ritmo, el barrio, la mezcla cultural, la creatividad y el deseo de hacerse escuchar.

Por eso resulta urgente recuperar, ordenar y preservar ese archivo. Muchas grabaciones siguen dispersas en colecciones personales, archivos de televisoras, cintas deterioradas o fondos privados de productores y artistas. Si no se localizan y conservan a tiempo, se perderá no solo una parte de la historia del reggae panameño, sino también una parte esencial de la memoria audiovisual urbana del país.

El documental puede cumplir aquí una tarea mayor. No se trataría solamente de establecer quién cantó primero o quién alcanzó mayor fama, sino de mostrar cómo el audiovisual hizo posible que ese movimiento permaneciera visible en el tiempo. Reconstruir esa historia exige volver sobre los estudios de grabación, los programas de televisión, los videoclips, las presentaciones, los barrios y los circuitos de circulación de imágenes que convirtieron al reggae panameño en una referencia cultural.

Panamá fue pionera, pero no siempre supo conservar el liderazgo de aquello que ayudó a crear. Mientras el género urbano se expandía con fuerza en otros mercados, buena parte del archivo panameño quedó fragmentado. Sin embargo, las imágenes que sobreviven siguen diciendo algo esencial: aquí hubo origen, hubo estilo y hubo una cultura urbana que quedó inscrita en la memoria visual del país.

El reggae panameño es legado urbano, pero ese legado permanece hoy, sobre todo, porque el audiovisual lo sostuvo en el tiempo. Vive en los videoclips, en los archivos televisivos, en las entrevistas, en las presentaciones grabadas y en todas las imágenes que conservan la energía de aquella época. Preservar esa memoria no es un gesto de nostalgia: es reconocer que el audiovisual también construye patrimonio y que, gracias a él, una parte decisiva de la cultura popular panameña todavía puede verse, estudiarse y comprenderse.

El autor es Roberto Antonio Pinto Rodríguez, Doctor en Ciencias de la Comunicación Social y profesor de la Facultad de Comunicación Social de la Universidad de Panamá, especialista en medios de comunicación y cultura.

La responsabilidad de las opiniones expresadas y la publicación de los artículos, estudios y otras colaboraciones firmadas, corresponde exclusivamente a sus autores, y no la posición del medio.

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