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La Fiesta Popular Panameña ante la Cámara

Por: Roberto Antonio Pinto | Publicado el: 29 junio 2026



Cubrir una fiesta popular en Panamá no es llegar, sacar la cámara y ya. No se trata solo de registrar lo que pasa frente al lente. Se trata de entrar en una comunidad con respeto, entender sus códigos, escuchar su música, mirar sus gestos y reconocer que allí, entre la alegría, el tambor, el baile, la saloma, la comida y la devoción, se expresa una parte viva del país.

Las fiestas populares no son una simple postal ni un atractivo visual para llenar pantalla. Son memoria en movimiento. Están en la calle, en la plaza, en la procesión, en la tuna, en la fonda, en el tamborito, en la cantadera y en esa manera tan panameña de reunirse para celebrar. Allí hay historia, identidad y también una forma de decir quiénes somos. Por eso, cuando se documentan con criterio y sensibilidad, el trabajo audiovisual deja de ser un mero registro y se convierte en una herramienta de memoria cultural.

Desde mi experiencia en el campo audiovisual, siempre he creído que la cámara carga una responsabilidad grande. Cubrir una patronal, un carnaval, una procesión o un festival no equivale únicamente a dejar constancia de una actividad festiva. Lo que queda ante la cámara es una manera de convivir, de organizarse, de hablar, de vestirse, de cantar y de ocupar el espacio colectivo. En una fiesta popular no solo aparece la celebración: aparece el país.

Por eso recuerdo con admiración el trabajo de Óscar Poveda, a quien tuve la oportunidad de conocer y con quien luego también pude trabajar. Él entendió algo esencial: que las fiestas populares no eran un tema menor ni un relleno folclórico, sino expresiones culturales con valor televisivo y con peso dentro de la identidad nacional. Se dedicó a recorrer comunidades, a registrar celebraciones y a llevar esos rostros, esas voces y esas costumbres a la pantalla de Canal 11 y después a otros espacios televisivos. Gracias a ese esfuerzo, mucha gente de la ciudad, de otras regiones e incluso de fuera del país pudo asomarse a manifestaciones que, de otra manera, tal vez habrían quedado encerradas en lo local.

Allí la televisión cumplió una función importante: acercó el país a sí mismo. Llevó la fiesta del pueblo a las casas de quienes no podían estar allí. Mostró un Panamá que no cabía en la capital ni en las imágenes oficiales de siempre. La cámara se metió en caminos, plazas, portales y espacios comunitarios donde la cultura no se monta para lucirse, sino que se vive con naturalidad. Y eso tiene un valor enorme, porque permite que una nación se reconozca desde sus propios territorios.

Cuando hoy uno revisa imágenes viejas —en archivos personales, en canales de televisión o en plataformas digitales— encuentra mucho más que nostalgia. Aparecen carnavales de otras décadas, tunas, bailes, murgas, salomas, cantos de mujeres y escenas que revelan cómo se celebraba antes. En esas tomas se notan los cambios en la ropa, en los instrumentos, en la forma de bailar, en las calles y hasta en la manera en que la gente se relacionaba. La imagen, entonces, no solo enseña una fiesta: también retrata una época.

Y hay algo muy valioso en esos registros antiguos. Muchas veces no tienen la limpieza técnica de hoy. El sonido falla, la imagen se siente gastada, la cámara se mueve sin mayores pretensiones. Pero allí está la vida, sin maquillaje. Allí está el pueblo, tal cual. Esa naturalidad, lejos de restar, suma. Porque en esas escenas se siente la fuerza de la tradición, la espontaneidad de la gente y esa verdad que muchas veces se pierde cuando todo se quiere volver demasiado pulido o demasiado bonito para la pantalla.

También recuerdo programas como Los Compadres, donde la fiesta popular ocupaba un lugar importante. Eran espacios que entendían que la música, el humor, el baile y la celebración también eran una manera de comunicar lo nacional. Esa televisión, con menos recursos que los de ahora, tenía algo claro: la cultura popular no necesitaba disfrazarse para tener valor. Bastaba con mirarla bien, tratarla con respeto y presentarla con sentido de pertenencia.

Ahora bien, poner una fiesta popular ante la cámara también plantea una pregunta ética. ¿Desde dónde se mira? ¿Para quién se trabaja? ¿Qué se decide mostrar y qué se deja por fuera? Una celebración no puede reducirse a color, ruido y movimiento. Detrás de cada fiesta hay organización comunitaria, promesas, fe, trabajo, memoria familiar y saberes que han pasado de generación en generación. Si el audiovisual no entiende eso, se queda en la superficie.

Hoy, cuando cualquiera registra todo con el celular y lo sube de inmediato a redes, conviene detenerse un momento. No toda imagen construye memoria. Mucho de lo que circula se consume rápido y se olvida igual de rápido. Por eso hace falta documentar con intención. Acercarse a una fiesta popular también exige investigar, escuchar, preguntar, contextualizar y conservar. No basta con captar el ambiente; hay que entender lo que se está viendo.

Panamá tiene una riqueza festiva enorme. Sus patronales, carnavales, procesiones, festivales, cantaderas y encuentros comunitarios hablan de un país diverso, creativo y profundamente expresivo. Cada celebración tiene su ritmo, su comida, su manera de ocupar el espacio, sus personajes y su emoción propia. Si no se documentan con cuidado, muchas de esas formas pueden perderse o quedar apenas en el recuerdo de quienes las vivieron.

Por eso sigo defendiendo el audiovisual como una herramienta cultural de primer orden. La cámara, cuando se usa con sensibilidad, ayuda a que los pueblos permanezcan. No reemplaza la experiencia de estar allí, claro que no, pero sí la prolonga. Permite que otros, años después, puedan ver cómo se celebraba, cómo se cantaba, cómo se bailaba y cómo se sentía Panamá en un momento determinado.

Poner las fiestas populares de Panamá ante la cámara es, en el fondo, un acto de reconocimiento. Es decirle al país que su alegría también tiene valor patrimonial, que sus comunidades tienen historia y que sus cantos, sus rostros y sus celebraciones merecen permanecer. Porque la nación no solo se cuenta en documentos y discursos. También se canta, se baila, se celebra y se deja ver a través del tiempo en sus propias imágenes.

El autor, Roberto Antonio Pinto Rodríguez, es doctor en Ciencias de la Comunicación Social, profesor de la Facultad de Comunicación Social de la Universidad de Panamá y especialista en medios de comunicación y cultura. Ha dedicado parte de su vida a la promoción y preservación del patrimonio cultural panameño, tanto material como inmaterial, a través del audiovisual.

 

La responsabilidad de las opiniones expresadas y la publicación de los artículos, estudios y otras colaboraciones firmadas, corresponde exclusivamente a sus autores, y no la posición del medio.

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