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El renacer del aristotelismo en siglo XXI

Por: Mauro Zuñiga | Publicado el: 01 julio 2026



“Si Aristóteles hubiese sido como sus discípulos se imaginan sería un cerebro indócil, un espíritu obstinado, un alma llena de barbarie y un tirano que, considerando a los demás como ovejas estúpidas, desearía que se antepusiesen su propio decreto a los sentidos, a la experiencia y a la propia naturaleza. Son sus seguidores lo que le han investido de autoridad y no él quien se la ha atribuido o usurpado”, sostenía en su momento el científico de Pisa, Galileo Galilei.

Es cierto que Aristóteles tenía errores en su teoría de los conceptos, en la validación de la ética, su física geo centrista y su teoría de la esclavitud, pero la forma en que contemplaba la realidad, su metafísica, y su modo de usar su conciencia, su epistemología, eran correctas.

Aunque los escritos del Estagirita contienen una crítica a las formas más radicales del colectivismo defendido por Platón, el propio Aristóteles no puede considerarse un defensor plenamente coherente del individualismo político. Su pensamiento político combina elementos estatistas como anti estatistas.

Sin embargo, la verdadera relevancia de Aristóteles, como la de cualquier gran filósofo, no reside en sus propuestas políticas, sino en los fundamentos de su sistema filosófico: su metafísica y su epistemología.

“Galileo quería que las teorías sobre el universo se basaran en la evidencia, no en argumentos que apelaran a la autoridad de Aristóteles. Y lo que Galileo veía con su telescopio ponía a Aristóteles en tela de juicio. Observaba manchas solares que empañaban la imagen del sol perfecto de Aristóteles”, escribía en su obra “¿Ha enterrado la ciencia a Dios?” el matemático John C. Lennox.

En 1604 observó una supernova que cuestionaba los cielos inmutables de Aristóteles. En su “Diálogo relativo a los dos principales sistemas del mundo”, puso en el bufón Simplicio las ideas aristotélicas del Papa Urbano VIII.

Si bien es cierto que Aristóteles contemplaba la naturaleza y muchas de sus observaciones eran insuficientes, no es menos cierto que no experimentaba porque no tenía instrumentos como, por ejemplo, el telescopio. “Los astrónomos del Collegio Romano, una influyente institución jesuita, aprobaron y celebraron los trabajos de Galilei, a los que se oponían enérgicamente los filósofos laicos, molestos por sus críticas a Aristóteles”, comentó Lennox en su libro.

Para conservar la teoría geocéntrica aristotélica, los seguidores del Estagirita tenían que investirlo de autoridad. Así, al reducir todo su sistema filosófico a un dogma más podían supuestamente refutar cualquier teoría contraria, como el heliocentrismo de Galilei, previamente defendido por Nicolás Copernico.

Tenían que negar la fusión entre teología natural y ciencia universal con el absolutismo de la naturaleza, la validez de los sentidos, la inducción y las reglas lógicas de entendimiento como la ley de causalidad, el principio de no contradicción y el tercero excluido.

La expresión magister dixit, atribuido originalmente a los discípulos de Pitágoras y ampliamente utilizada por la escolástica medieval, significa literalmente “el maestro lo dijo”. Este aforismo refleja la idea de que el conocimiento verdadero proviene principalmente de la autoridad de los maestros y de la tradición recibida. En ese sentido, constituye tanto un argumento de autoridad como un tópico literario característico del pensamiento medieval.

Durante la Edad Media, la expresión solía aplicarse a Aristóteles. En una época en la que se consideraba que el conocimiento estaba, en última instancia, inspirado por Dios, el cuerpo doctrinal heredado era visto como algo prácticamente inalterable. Por ello, cuestionar a Aristóteles podía interpretarse casi como una contradicción a la propia autoridad divina.

Hasta el siglo XIII, con la vuelta de Aristóteles a Occidente llamado Cristiandad en aquel entonces, la educación estaba sostenida en la tradición pitagórica platónica desarrollada por san Agustín. Entonces, muchos escolásticos equipararon esa costumbre con el nuevo sistema filosófico aristotélico mediante el magister dixit.

Equiparadas ambas tradiciones a través de una síntesis no había que diferenciarlas porque eran dogmáticas. Aristóteles critica a Pitágoras principalmente en los libros I, XIII y XIV de su Metafísica al reducir toda la realidad a números: un árbol, un caballo o una persona no pueden explicarse solo como relaciones numéricas.

Y a Platón por la duplicación innecesaria de la realidad: además del caballo concreto habría una “Idea de caballo”; las Ideas no explican el cambio ni el movimiento y el problema de la participación: ¿cómo participa exactamente un objeto material de algo inmaterial y separado?

La teoría pitagórica platónica alcanzó verdadera prominencia e influencia duradera a partir del momento en que fue defendida por filósofos modernos tales como Descartes, Hobbes, Leibniz, Hume y Kant.

“En el siglo XVII, Descartes volvió a instalar el platonismo en la base de la filosofía. Gracias a su elemento intrinsicista, los aristotélicos siempre habían sido vulnerables a ataques; eran vulnerables sobre todo en dos áreas cruciales: la teoría de conceptos y la validación de la ética. Esas fueron las aperturas históricas, la doble invitación que los mejores intelectuales, sin saberlo, entregaron a la escuela cartesiana. En la penúltima década del siglo XVIII, justo cuando estaban naciendo los Estados Unidos, esa escuela, sin encontrar oposición, dio su fruto”, explicó el objetivista Leonard Piekoff

Esta teoría penetra en cada recoveco de nuestra cultura y alcanza en forma directa o indirecta cada vida humana, toda cuestión y asunto. Sus portadores son muchos; sus formas, sutilmente diversas; sus causas básicas, complejas y ocultas; y sus precoces síntomas, prosaicos y aparentemente benignos, pero es mortal.

El autor es Periodista y Docente de la Facultad de Comunicación Social

La responsabilidad de las opiniones expresadas y la publicación de los artículos, estudios y otras colaboraciones firmadas, corresponde exclusivamente a sus autores, y no la posición del medio.

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