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Los saberes del campo panameño en la memoria audiovisual

Por: Roberto Antonio Pinto Rodríguez | Publicado el: 02 julio 2026



Los oficios tradicionales guardan una de las expresiones más hondas de la memoria cultural panameña. En ellos vive el conocimiento de las manos, la paciencia del aprendizaje, la experiencia de los mayores y la relación íntima entre las personas y su entorno. Un artesano que hace cutarras, una mujer que cose una pollera, un hombre que arma un tambor, una familia que prepara un sancocho, un campesino que levanta una cerca o un mascarero que modela un rostro festivo no están cumpliendo solo una tarea manual. Están transmitiendo una manera de vivir, de pensar y de pertenecer a una comunidad.

Cuando esos oficios pasan al lenguaje audiovisual, adquieren una fuerza especial. La cámara permite detenerse en detalles que a menudo pasan desapercibidos: el movimiento de los dedos, la textura de los materiales, el sonido de la herramienta, la respiración acompasada del trabajo, la concentración en el rostro y las palabras que van saliendo mientras la faena avanza. Acercarse a un oficio tradicional desde la imagen es darle tiempo a la mirada. Es entender que la cultura también se construye en silencio, con repetición, con disciplina y con memoria.

En mi experiencia, la televisión panameña tuvo momentos muy valiosos en esa dirección. Recuerdo el trabajo de Óscar Poveda, no solo cuando mostraba fiestas populares, sino también cuando conversaba con artesanos y con gente de los pueblos que explicaba cómo se hacían ciertos objetos o cómo se mantenían determinadas prácticas. Aquella televisión presentaba al país desde sus propios saberes. No hablaba de cultura como algo lejano o solemne, sino como algo que estaba en la casa, en el taller, en el patio, en el potrero, en la cocina y en la vida diaria de la comunidad.

Hay un reportaje que todavía tengo muy presente: el que mostraba cómo se hacían las puertas de los potreros con alambre de púas y palos. Para algunos podría parecer un detalle menor. Para mí, en cambio, es una imagen profundamente cultural. Yo recuerdo esas puertas porque mis tíos las hacían. No eran las de hierro o madera que hoy se ven con más frecuencia. Eran estructuras sencillas, útiles, levantadas con los materiales que había a mano y con la inteligencia práctica del campo. Uno pasaba entre los alambres y, si iba descuidado, terminaba raspado o pinchado. Puede parecer una escena mínima, pero allí había un modo de vida, una relación con la tierra y una forma de resolver lo cotidiano que también merece quedar en la memoria.

Ese es uno de los grandes aportes del audiovisual: darles valor a escenas que, por comunes, a veces nadie se detiene a mirar. Cuando se documenta cómo se resuelve una necesidad concreta con creatividad, cómo se amarra un alambre, cómo se corta una madera o cómo se arma una pieza con paciencia, se está conservando un saber que casi nunca aparece en los libros. Y, sin embargo, ese conocimiento práctico también forma parte del patrimonio cultural del país, aunque no siempre se le nombre así.

Lo mismo ocurre con quienes hacen cutarras, tambores, bancos, máscaras, vestidos, polleras o instrumentos. Cada oficio carga una historia. La cutarra no es solo un calzado: remite al caminar campesino, al trabajo duro, al camino de tierra y al territorio. La pollera no es únicamente una prenda vistosa: concentra técnicas, bordados, paciencia, memoria familiar y orgullo cultural. El tambor no es solo un instrumento: es convocatoria, fiesta, ritmo compartido y memoria histórica. La máscara, en Colón, en Chitré, en La Villa y en tantas otras regiones, no es un adorno cualquiera: es personaje, rito, humor popular y presencia festiva.

Cuando estos oficios llegan a la pantalla, el audiovisual también cumple una función pedagógica. Le enseña al público a mirar lo que tenía cerca, pero quizá no valoraba en toda su dimensión. Mucha gente disfruta una fiesta, pero no siempre piensa en lo que hay detrás: quién hizo el tambor, quién cosió el vestido, quién levantó la tarima, quién preparó la comida, quién armó la carreta o quién conservó una técnica que pasó de una generación a otra. Allí hay una cadena de saberes que no suele verse a primera vista, y precisamente allí el lenguaje audiovisual puede hacer una contribución importante.

En Panamá, buena parte de nuestra identidad descansa en esos oficios. Son prácticas que se aprenden en familia, en patios, en talleres, en cocinas, en pueblos y en campos donde el conocimiento se transmite, sobre todo, por observación. El maestro no siempre se sienta a dictar una lección. Muchas veces enseña haciendo. El aprendiz mira, repite, se equivoca, corrige y vuelve a intentar hasta que la técnica se le mete en las manos. Esa forma de aprendizaje también merece atención, porque expresa una pedagogía cultural propia, una manera panameña de pasar el saber sin tanta formalidad, pero con enorme eficacia.

Hoy existe el riesgo de que algunos de esos oficios se debiliten o desaparezcan sin dejar rastro suficiente. Los cambios económicos, la migración, la falta de relevo generacional y la producción industrial van desplazando prácticas que durante años sostuvieron la vida cultural de muchos pueblos. Por eso el audiovisual no debería limitarse a entretener: también tiene que conservar, poner en valor y despertar interés. Un buen reportaje, una cápsula documental o una serie bien pensada pueden acercar a las nuevas generaciones a conocimientos que, de otro modo, terminarían perdiéndose.

Pero este trabajo exige respeto. No se trata de convertir al artesano en una figura pintoresca ni de exhibir su labor como si fuera una rareza. Hay que escucharlo, dejarlo contar, comprender su historia y reconocer su autoridad cultural. La mirada no debe imponerse desde afuera; debe acompañar. El protagonismo no le pertenece al equipo de producción, sino a quien guarda el saber y lo sostiene con sus manos.

Como estudioso de la comunicación y trabajador del campo audiovisual, estoy convencido de que los oficios tradicionales merecen un lugar más visible en la televisión, en el documental, en las plataformas digitales y en los proyectos de educación cultural. Allí hay país. Allí hay memoria. Allí hay una forma de conocimiento que no puede quedar relegada por parecer sencilla, antigua o demasiado cotidiana.

Panamá necesita mirar más sus manos trabajadoras. Necesita acercarse a quienes cosen, tallan, cocinan, reparan, construyen, cantan y enseñan haciendo. Porque en esos oficios se resguarda una parte esencial de nuestra historia. Y cuando la cámara se detiene ante ellos con sensibilidad y respeto, no solo deja constancia de una técnica: reconoce la dignidad cultural de quienes han sostenido, con sus manos, la memoria de los pueblos.

El autor, es doctor en Ciencias de la Comunicación Social, profesor de la Facultad de Comunicación Social de la Universidad de Panamá y especialista en medios de comunicación y cultura. Ha dedicado parte de su vida a la promoción y preservación del patrimonio cultural panameño, tanto material como inmaterial, a través del audiovisual.

La responsabilidad de las opiniones expresadas y la publicación de los artículos, estudios y otras colaboraciones firmadas, corresponde exclusivamente a sus autores, y no la posición del medio.

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