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Las voces que quedaron grabadas

Por: Roberto Antonio Pinto Rodríguez | Publicado el: 16 julio 2026



Hay voces que no desaparecen del todo. Quedan en una cinta, en un casete, en un disco, en una grabación radial o en un archivo que alguien tuvo la sensibilidad de conservar. A veces no se trata de registros perfectos. El sonido puede llegar con ruido, interferencias, cortes o con el desgaste propio del tiempo. Pero ahí, precisamente, reside parte de su belleza. Esas grabaciones antiguas nos permiten escuchar no solo una canción, sino toda una época.

Desde mi experiencia como comunicador y productor audiovisual, he aprendido que el patrimonio sonoro de Panamá es tan importante como el patrimonio visual. La imagen nos muestra rostros, calles y movimientos; el sonido nos devuelve voces, acentos, ambientes, estilos musicales y maneras de entender la vida. Por eso, cuando escuchamos una grabación antigua, no estamos oyendo solamente música: estamos entrando en una memoria cultural que nos habla desde otro tiempo.

Hace más de quince años, durante investigaciones y trabajos vinculados con el patrimonio cultural sonoro de Panamá, tuve la oportunidad de conversar con Roy Delgado, folclorista de Chitré. Su caso siempre me ha parecido admirable. Roy ha conservado una gran cantidad de grabaciones de música típica, transmisiones en vivo y canciones de décadas pasadas. Muchas de esas piezas, estoy seguro, no están en ninguna emisora del país. Siguen existiendo porque él las grabó, las guardó y les dio valor cuando quizá otros ni siquiera imaginaban su importancia futura.

Una anécdota suya me marcó profundamente. Me contaba que, desde niño, le gustaba la radio. En casa, sus padres le daban algunos reales, incluso cincuenta centavos, para que pudiera comer en la escuela. Pero él prefería guardar ese dinero y gastarlo en casetes. En la noche, a escondidas de su familia, grababa transmisiones radiales, aunque al día siguiente tuviera que levantarse temprano para ir a clases. Esa imagen de un muchacho grabando la radio en silencio, casi como quien resguarda un secreto, resume algo esencial: muchas veces la memoria cultural sobrevive gracias a personas que aman lo que otros todavía no saben valorar.

Durante mi tesis doctoral también pude entrevistar a Mario García Hudson, figura importante en el campo de la radiodifusión y de la memoria sonora panameña. En el Centro Audiovisual de la Biblioteca Nacional de Panamá Ernesto J. Castillero R. tuve acceso a grabaciones muy antiguas, algunas de los años treinta, cuarenta y cincuenta. Escucharlas fue una experiencia reveladora. Allí estaban voces, estilos musicales y formas de interpretación que ayudan a desmontar ciertas historias urbanas que repetimos sin revisarlas. A veces endiosamos a algunas personalidades porque son las que más recordamos; sin embargo, los archivos muestran que hubo otras antes, otras que abrieron camino, otras que también merecen ser nombradas.

El patrimonio sonoro permite precisamente eso: corregir olvidos. Nos ayuda a entender que la historia musical de Panamá no comenzó con aquello que nosotros alcanzamos a escuchar en la radio o en la televisión. Antes hubo tamboreras, violines, cumbias, tamboritos, música típica, boleros, calipsos, combos nacionales, cantadores, salomadoras, conjuntos y transmisiones en vivo que fueron formando el gusto popular.

Las grabaciones antiguas conservan, además, formas de hablar. En ellas escuchamos locutores con estilos distintos, artistas que pronunciaban de otra manera, públicos que reaccionaban con naturalidad, presentadores que narraban desde otro ritmo. Ese material es valioso para estudiar la comunicación social, porque el sonido revela la relación entre medios, cultura y vida cotidiana.

Recuerdo también la fuerza que tuvo la radio en la difusión del reggae panameño. Emisoras como Universal Stereo, La FM 99, BB Stereo y Radio Soberana, entre otras recordadas por quienes vivimos esa época, abrieron espacios importantes para la circulación de esta música. Más adelante, Fabulosa Stereo consolidó una presencia muy fuerte en ese campo, junto con locutores, programadores, animadores de cabina y discjockeys que mantuvieron una relación directa con el público. Muchas transmisiones se hacían en vivo, con mezclas, saludos, complacencias y una energía participativa que todavía conserva vigencia en ciertos espacios radiales y digitales.

A ello se sumaron las discotecas móviles, que fueron fundamentales para llevar el reggae a barrios, fiestas, comunidades y escenarios donde surgieron o se dieron a conocer muchos artistas. Esa música nació con fuerza en los sectores populares de la ciudad de Panamá, pero rápidamente se extendió hacia otras regiones del país. Había jóvenes que ponían esas canciones a todo volumen, mientras algunos adultos las rechazaban porque no reconocían allí su propio gusto musical. Sin embargo, quien niegue la presencia nacional del reggae panameño no vivió esa parte de nuestra historia cultural.

Las voces grabadas son testimonio. Nos hablan de artistas, de géneros, de públicos, de modas, de conflictos generacionales y de transformaciones sociales. En ellas está el país que cantó antes que nosotros, el país que bailó, que escuchó radio de noche, que esperó una transmisión, que grabó una canción en casete para no perderla.

Resulta urgente reconocer el valor de esos archivos sonoros. La memoria cultural no se conserva únicamente a través de imágenes; también permanece en las voces de cantadores, entrevistas, transmisiones radiales, canciones populares, programas antiguos y testimonios de quienes hicieron cultura desde la radio. Cada grabación rescatada abre una puerta hacia nuestra historia sensible, porque una nación también se reconoce en aquello que fue capaz de escuchar.

El autor, Roberto Antonio Pinto Rodríguez, es doctor en Ciencias de la Comunicación Social, profesor de la Facultad de Comunicación Social de la Universidad de Panamá y especialista en medios de comunicación y cultura. Ha dedicado parte de su vida a la promoción y preservación del patrimonio cultural panameño, tanto material como inmaterial, a través del audiovisual.

La responsabilidad de las opiniones expresadas y la publicación de los artículos, estudios y otras colaboraciones firmadas, corresponde exclusivamente a sus autores, y no la posición del medio.

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