El mercantilista sistema Law
Toda la economía política del mundo actual está basada en alguna variante del sistema Law de Francia, creador de la primera burbuja bursátil que precipitó la Revolución Francesa, dejando a medio andar la Ilustración de los pueblos occidentales, principalmente los místicos latinoamericanos.
Junto a la filosofía moral de Immanuel Kant centrada en el deber como voluntad buena y fin en sí mismo, John Law es el otro hombre más malvado que ha existido desde el punto de vista económico.
El historiador Niall Ferguson explica que el sistema Law era “una cadena de ideas que se respaldan mutuamente y que manifiestan cada vez más el principio del que provienen”. Y, ¿cuál era ese principio? “En las autoridades crediticias, como en las militares y legislativas, el poder supremo debe residir en una sola persona”.
El orden arbitrario y tiránico que introdujo Law para la conducta humana en sociedad supuestamente iba a dejar atrás la cargada deuda pública “como resultado de las guerras de Luis XIV”, que había mandado a Francia “al borde de la que sería la tercera bancarrota en menos de un siglo”.
Law creyó que tenía la respuesta a todo eso estableciendo un banco público basado en el modelo holandés, pero con la diferencia que este emitiría papel moneda. “El banco no es la única ni la más grandiosa de mis ideas, le diría al regente, el duque de Orleans. Produciré una obra que sorprenderá a Europa por los cambios que efectuará en favor de Francia: cambios más poderosos de los que produjo el descubrimiento de las Indias”.
Cuando se cree en ideas innatas aportadas por el Dios de Descartes, y no naces tabula rasa como propuso John Locke, aceptas la matematización de la naturaleza, apercepciones puras desgajadas de la realidad, no solo ocurre un autoengaño, sino que con toda seguridad tal sistema edificado se derrumbará como Torre de Babel.
Igual que en aquella época entre 1716-1720, curiosamente lo que dura un periodo electoral moderno, hoy en día basta ser un hombre o mujer experimentado sin aplicar la lógica aristotélica y prestigioso para labrarte una carrera exitosa política y bancaria. “Tienes que calzarte una espada, matar a un petimetre o dos, ir a la cárcel de Newgate, ser condenado a la horca, escaparte de la cárcel si puedes, lo que por cierto conviene recordar, pasar a algún país extranjero, convertirte en jugador de bolsa, crear una acción Mississipi, hacer una burbuja de toda una nación, y no tardas en convertirte en un gran hombre, eso si tienes muy buena suerte”.
El sistema Law no siguió un cuerpo teórico, toda una serie de principios universales y necesarios para la conducta humana que dieron vida al patrón oro clásico en Inglaterra gracias al liberalismo de John Locke, quien conocía el trabajo lógico de los escolásticos tardíos de la Escuela de Salamanca, quienes dieron la base de una nueva ciencia económica al observar la acción humana de los hombres de negocio en su relación con los indios de América.
El discurso cotidiano de Law, según informaba un inquieto diplomático en agosto de 1719, era que iba “a colocar a Francia más alto de lo que jamás había estado antes, a ponerla en situación de dictar la ley a toda Europa, que podía arruinar el comercio y el crédito de Inglaterra y Holanda siempre que quisiera; que podía quebrar nuestro banco siempre que le viniera en gana y nuestra Compañía de las Indias”.
¿Qué sistema económico se construye con un propósito que no era, precisamente, fomentar el comercio internacional como parte de principios universales para la conducta humana en sociedad, por el contrario, arruinar otras economías en crecimiento y sanas? Pero, el pez muere por la boca.
Obviamente, como haría un político moderno, su discurso cambió apenas se desplomó su Sistema, a pesar de que desde afuera algunas personas empezaron a recelar. “¿Es que todos habéis vuelto locos en París?, inquiría Voltaire. El banquero y economista irlandés, Richard Cantillón, estaba tan seguro que el sistema Law se desmoronaría que lo vendió todo y abandonó París.
Siguiendo las recetas de Castillón, uno de los propulsores de la economía política liberal clásica, los fisiócratas advertirían a los mercantilistas, que en el liberalismo los que comercian son los individuos y empresas dentro de los estados, y no los estados, una práctica dominante a lo largo del siglo XIX hasta la irrupción del intervencionismo gubernamental propuesto por los socialistas de cátedra liderados por Gustav von Schmoller.
El Mercantilismo se fundamenta en la concepción de la economía como un juego de suma cero, donde la división global del trabajo y del comercio es vista como una peligrosa amenaza a evitar; ya sea perjudicando al exterior, por ejemplo, estableciendo aranceles, o beneficiando al interior, anteponiendo y favoreciendo la producción interior por el mero hecho de ser interior. Y todo ello, se suele decir, con el objetivo de preservar los intereses nacionales, que, curiosamente, suelen estar contrapuestos a los intereses de los propios individuos que conforman esas naciones. Eli Heckscher definió acertadamente esta doctrina como “la teoría económica del nacionalismo”.
Esa visión obstaculiza la correcta comprensión del comercio; según ella, el comercio es algo similar a otras relaciones humanas, como las guerras, en las que efectivamente unos ganan y otros pierden, en un constante ambiente de beligerancia entre las partes implicadas.
“Señor, le dijo Law al duque de Orleans, reconozco que he cometido grandes errores. Los he cometido porque soy meramente humano, y todos los hombres pueden errar. Pero declaro que ninguno de tales actos se debía a malacia o deshonestidad, y que nada de esa índole se descubrirá en todo el curso de mi conducta”, escribió Ferguson.
Los errores estaban en las ideas mercantilistas que había adoptado para edificar su sistema. El mercantilismo controla el incremento de la oferta monetaria mediante la prohibición de exportar metales preciosos y, a través, la acuñación inflacionaria, siempre con vistas a la multiplicación de ingresos fiscales.
El autor es Magíster y Docente de la Facultad de Comunicación Social


