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La memoria sonora de Panamá

Por: Roberto Antonio Pinto Rodríguez | Publicado el: 31 julio 2026



La memoria sonora de Panamá está dispersa en discos, cintas, casetes, archivos radiales, entrevistas, grabaciones familiares, transmisiones en vivo y testimonios personales. No siempre está organizada. Muchas veces permanece en manos de coleccionistas, emisoras, investigadores, familias o instituciones que han conservado materiales de enorme valor. Esa memoria necesita ser reconocida, estudiada y preservada con mayor seriedad.

Durante mi tesis doctoral investigué la saloma en la música típica popular panameña, especialmente la saloma femenina. Ese proceso me permitió comprender que el sonido no es un adorno dentro de la cultura. Es una fuente de conocimiento. Las voces de las mujeres salomadoras, sus testimonios, sus recuerdos y sus formas de interpretar la música me llevaron a mirar la tradición desde otro lugar.

Muchas de estas mujeres alcanzaron reconocimiento gracias a las transmisiones radiales, especialmente a las que se realizaban en horarios nocturnos o en espacios dedicados a la música típica. La radio amplificó sus voces, las llevó a comunidades donde quizá nunca habían estado físicamente y permitió que el público las identificara por su estilo. Sin embargo, al conversar con ellas, también aparecía una realidad dolorosa: muchas veces no eran entrevistadas con la misma atención que los acordeonistas. La figura masculina del músico principal recibía mayor protagonismo, mientras la voz femenina quedaba relegada a un segundo plano.

Esa situación revela algo importante. La memoria sonora también tiene silencios. No basta con conservar grabaciones; hay que preguntarse quiénes aparecen, quiénes fueron nombrados, quiénes quedaron detrás y qué criterios usaron los medios para otorgar reconocimiento. En el caso de muchas mujeres de la música típica, su talento superó barreras sociales y culturales. A pesar del machismo de ciertas épocas, sus voces se impusieron por fuerza propia y hoy son recordadas por su trayectoria.

Los archivos radiales permiten reconstruir esa historia. Una transmisión antigua puede mostrar cómo se presentaba a los artistas, qué lugar ocupaban las mujeres, cómo reaccionaba el público, qué canciones se interpretaban y qué estilos vocales predominaban. Esos detalles son valiosos para la investigación cultural y comunicativa. Ahí se encuentran pistas que no siempre aparecen en los documentos escritos.

La memoria sonora de Panamá también incluye entrevistas a músicos, locutores, compositores, cantadores, productores, técnicos y oyentes. Cada testimonio agrega una capa de interpretación. La historia de la radio y de la música no puede escribirse únicamente desde los grandes nombres. También hay que escuchar a quienes grabaron, archivaron, anunciaron, cargaron equipos, tocaron en pueblos, organizaron bailes y mantuvieron vivas las transmisiones.

En este punto, los archivos institucionales cumplen una labor fundamental. El Centro Audiovisual de la Biblioteca Nacional de Panamá Ernesto J. Castillero R. conservas materiales que ayudan a comprender la historia sonora y visual del país. Pero también existen archivos personales de gran valor, como los de coleccionistas y folcloristas que durante años grabaron lo que escuchaban en la radio. Muchas veces, esas personas salvaron piezas que pudieron perderse para siempre.

Como académico de la comunicación, creo que debemos superar la idea de que el sonido es una fuente menor. En el sonido está la identidad. Está el acento de una región, la forma de presentar una canción, el estilo de un locutor, el grito del público, la emoción de una cantadora, la improvisación de un músico y el ambiente completo de una época. Un país puede cambiar mucho en su manera de hablar y de cantar; por eso las grabaciones antiguas tienen tanto valor.

La preservación sonora exige políticas claras. No basta con guardar cintas en un estante. Hay que digitalizar, catalogar, identificar fechas, nombres, lugares, géneros y condiciones de producción. También hay que facilitar el acceso a investigadores, estudiantes, productores y comunidades. Un archivo cerrado conserva, pero no comunica. Y la memoria necesita circular para mantenerse viva.

Ese patrimonio sonoro merece una escucha más detenida. En él conviven la saloma, el tamborito, la cumbia, la tamborera, el bolero, el calipso, los combos nacionales, la salsa, el reggae, la música típica y muchas otras expresiones que han acompañado la vida social del país. Cada una conserva huellas de región, género, clase, migración, fiesta, trabajo y pertenencia; por eso, escuchar estos sonidos es también acercarse a las distintas maneras en que Panamá ha contado su propia historia.

La memoria sonora no pertenece únicamente al pasado; también nos ayuda a comprender el presente. Al revisar registros audiovisuales de los carnavales tableños de las décadas de 1970 y 1980, tanto de Calle Arriba como de Calle Abajo, se advierte con claridad la fuerza de las murgas, el modo de cantar de las mujeres y ese sonido colectivo que marcaba la fiesta desde una sensibilidad muy propia de la época. Allí aparecen voces femeninas claras, coros espontáneos, respuestas del público y formas tradicionales de interpretación que permiten reconocer cómo sonaba el carnaval en otros momentos. No se trata de afirmar que todo tiempo pasado fue mejor ni de condenar las transformaciones actuales, porque las fiestas también cambian, se adaptan y dialogan con nuevas generaciones. Sin embargo, escuchar esos archivos permite notar cuánto han variado nuestras maneras de cantar, celebrar, comunicar y recordar. En ese contraste entre lo que permanece y lo que se transforma también se encuentra una parte importante de la historia cultural panameña.

Por eso defiendo la necesidad de estudiar y preservar los sonidos de Panamá. La cultura no está únicamente en lo que vemos; también vive en aquello que escuchamos. Una voz grabada deja de pertenecer solo al instante en que sonó y se convierte en memoria compartida.

Pienso, por ejemplo, en el profesor Arturo Rivera, de la Facultad de Comunicación Social, a quien tuve la oportunidad de escuchar en clases. Su voz era sencillamente extraordinaria: clara, profunda, reconocible, con una presencia que imponía respeto y admiración. Para mí no era solo una voz académica; era una voz nacional, una referencia que mi propia familia, incluida mi madre, identificaba con facilidad. Haber recibido clases de él fue también haber conocido de cerca el valor cultural de una voz que marcó generaciones. Tal vez por eso insisto tanto en este tema: porque cuando una voz queda en la memoria de un país, también se convierte en patrimonio.

El autor, Roberto Antonio Pinto Rodríguez, es doctor en Ciencias de la Comunicación Social, profesor de la Facultad de Comunicación Social de la Universidad de Panamá y especialista en medios de comunicación y cultura. Ha dedicado parte de su vida a la promoción y preservación del patrimonio cultural panameño, tanto material como inmaterial, a través del audiovisual.

La responsabilidad de las opiniones expresadas y la publicación de los artículos, estudios y otras colaboraciones firmadas, corresponde exclusivamente a sus autores, y no la posición del medio.

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