El egoísmo noble y los buenos deseos
La concepción aristotélica de la naturaleza de los conceptos con base en la realidad objetiva defendida por Tomás de Aquino nunca logró consolidarse, aunque esta teoría realista de los universales fue la que sentó las bases para el surgimiento del Renacimiento y la Ilustración, que no es más que la continuación del primero después de las guerras religiosas entre 1618-1648.
Tanto el egoísmo como los deseos son inherentes a la naturaleza humana, pero el deber es un anti concepto que se forma sin referentes fácticos, una arbitraria creación humana que reemplaza un concepto universalmente útil como la causalidad y sirve sólo como sinónimo o metáfora de “buenos deseos”.
Existe un paralelismo entre el egoísmo aristotélico y el amor al prójimo como a ti mismo del nazareno, entre una filosofía y teología natural. El hombre de bien es el más egoísta de todos. Pero este egoísmo no es injurioso, sino noble. No es vulgar, pues es la razón la que lo domina.
Según Aristóteles, estos hombres nobles y egoístas dirigen sus esfuerzos a practicar la virtud, pues es ahí donde encuentran regocijo. Y esta actitud acaba por enriquecer a toda la comunidad. Así es como descubren tanto el provecho personal como el servicio a los demás.
Pero la ética de la búsqueda de la felicidad del estagirita y el amor al prójimo como a ti mismo de Jesús fue sustituida por la teoría deontológica centrada en el deber de Immanuel Kant, la política dominante hoy en día.
“Ya no vale actuar a instancias de un código de mandamientos religiosos que se aplican acríticamente por fe o por costumbre, ya no vale identificar un objetivo exterior (felicidad, logro) al que el ser humano adapte y dirija sus juicios y acciones”, recuerda el interprete de Kant, Joan Solé. Como la ética aristotélica se aplica al ámbito de la acción humana, Kant le roba al ser humano su virtud por cuenta propia al secuestrarla y venderle el deber como “voluntad buena y conciencia moral”. Un hombre virtuoso no es aquel que obtenga logros en la vida, sino quien actúa exclusivamente por deber.
“En una teoría deontológica, todos los deseos personales son eliminados del ámbito de la moralidad; un deseo personal no tiene ningún sentido moral, da igual que sea el deseo de crear como el deseo de matar. Por ejemplo, si un hombre no está manteniendo su vida por deber, esa moralidad no distingue entre si la está manteniendo a través de un trabajo honesto o a través del robo. Si un hombre quiere ser honrado no se merece ningún crédito moral; como diría Kant, esa honestidad es “digna de alabanza”, pero no tiene “valor moral”.
Y continúa: “Solo un reprimido malvado, que sienta un profundo deseo de mentir, de engañar y de robar, pero que se fuerce a sí mismo a actuar honestamente por el puro sentido del deber, sólo él recibiría el reconocimiento moral por parte de Kant y sus seguidores”, desmontó la objetivista Ayn Rand.
Este arbitrario promulgador de valores dio con su ética a partir de lo que aprendió en su infancia y juventud, que le ofreció una visión determinante en su filosofía moral.
“Practicaba el pietismo, un movimiento reformista dentro de la iglesia luterana con mucho arraigo en las clases medias y bajas alemanas, que inculcaba la sacralidad del trabajo y del deber y acostumbraba a la práctica del autoexamen, la oración y relación directa con Dios: por eso daba la máxima importancia a la conciencia individual”, sostuvo Solé.
“A pesar de la obra de hombres tales como Juan Altusio, Samuel Pufendorf y Leibniz, la Ilustración en Alemania se encontró con una atmósfera mucho menos secularizada que en Francia o que en la misma Inglaterra. Durante los años más brillantes esta coexistió con un intenso movimiento pietista”, relató por su parte el historiador Salvador Giner.
La filosofía moral de Kant fue hechura del pietismo, la ética que sirvió de base para llevar las implicaciones políticas de los sistemas sociales que se construyeron durante el siglo XIX y se consolidaron en el XX después de dos espantosas guerras mundiales, y que nos han llegado como inevitables.
“Para solucionar el problema de los conceptos, Kant afirmó, se requería una nueva metafísica y epistemología. La metafísica, identificada en términos Objetivistas, es la primacía de la consciencia en su variante social; la epistemología es el subjetivismo social y su corolario, el escepticismo. Este enfoque dejó a Kant libre para declarar, sin poder ser desafiado, cuál era la esencia de la ética intrinsicista: el deber, o sea, los imperativos emitidos por la propia realidad (noumenal). Cuando el nuevo enfoque de Kant tomó control total de la filosofía occidental, como hizo en unas pocas décadas, ese deber al mundo noumenal se convirtió en un deber al grupo o al estado”, dijo el objetivista Leonard Piekoff.
“No es la paz interior lo que Kant le ofrece al hombre, no es una serenidad fuera de este mundo o una tranquilidad etérea, sino una guerra, una sangrienta e incesante guerra contra unas tentaciones apasionadas e indomables. El hombre moral está destinado a luchar contra los sentimientos del no – deber inherentes en su naturaleza, y cuanto más intensamente los sienta y cuanto más desesperadamente luche, mayor será su pretensión de virtud. El hombre moral está destinado a arder con deseo, y a continuación, por principio, por el principio del deber, a frustrar ese deseo. El sello distintivo del hombre moral es sufrir”, desmanteló Rand el sistema moral kantiano.
En algunos postkantianos de la cultura moderna y contemporánea, se puede observar una tendencia a enfatizar el sufrimiento de Cristo como experiencia humana, relegando en ocasiones otros aspectos, como el sacrificio redentor, la obediencia al Padre o el Gran Mandamiento de amor.
A partir de la filosofía moderna bajo la influencia de Kant, las interpretaciones del cristianismo tendieron a destacar el sufrimiento de Cristo, mientras que la tradición aristotélica tomista mantiene que la Pasión solo puede comprenderse plenamente como un acto de amor orientado al cumplimiento del Gran Mandamiento y a la redención de la humanidad.
El concepto bíblico original es “Cristo entregó su vida en obediencia al Padre para redimir al mundo”, pero a partir de Kant se interpreta como “Cristo se sacrificó anulando el yo, y el cristiano debe sufrir lo mismo moralmente”.
El autor es Magíster y Docente de la Facultad de Comunicación Social.


