Panamá como territorio cinematográfico
Panamá es un territorio cinematográfico, aunque no siempre lo hemos reconocido con suficiente claridad. Sus paisajes, barrios, costas, selvas, ciudades, pueblos, caminos, ríos, mercados y zonas históricas poseen una riqueza visual extraordinaria. Es un país de distancias breves, pero de grandes contrastes. En pocas horas se puede pasar de la ciudad moderna al Caribe, del interior campesino a la selva, de un barrio popular a una zona colonial o de una carretera transitada a un camino rural. Esa diversidad constituye una valiosa ventaja narrativa.
Cuando se habla de cine, con frecuencia se piensa primero en grandes estudios, equipos costosos o estructuras industriales. Sin embargo, antes de todo eso está el territorio. El lugar donde se desarrolla una historia condiciona el tono, la luz, los sonidos, los movimientos, los conflictos y la manera en que los personajes se relacionan con su entorno. Panamá ofrece escenarios capaces de sostener relatos históricos, urbanos, rurales, marítimos, musicales, comunitarios, políticos, familiares y culturales.
En la comunicación audiovisual, el territorio no debe entenderse únicamente como una locación. Esta puede ser un espacio atractivo para grabar; el territorio, en cambio, posee memoria, identidad, usos sociales y significados. No es lo mismo filmar una playa como postal turística que mostrarla como espacio de trabajo para los pescadores, lugar de infancia, escenario de celebración o punto de encuentro comunitario. La diferencia reside en la mirada.
La ciudad de Panamá, por ejemplo, tiene una enorme fuerza cinematográfica. Los contrastes entre rascacielos, barrios antiguos, avenidas, mercados, costas, edificios históricos, zonas populares y espacios transformados por el crecimiento urbano ofrecen múltiples posibilidades narrativas. La ciudad permite abordar la modernidad, la desigualdad, la memoria, el tránsito, la migración, la música, el comercio y la vida cotidiana. Es un espacio visualmente potente, pero también complejo.
El interior del país aporta otras texturas. Allí se encuentran fiestas patronales, caminos, casas, plazas, cantaderas, paisajes agrícolas, ríos, fondas, talleres artesanales, bailes, carnavales, procesiones y formas de convivencia capaces de enriquecer cualquier relato audiovisual. Filmar el interior no debe significar repetir una imagen folclórica e inmóvil. Es necesario mostrar su vitalidad, sus cambios, sus conflictos, sus nuevas generaciones y sus maneras contemporáneas de vivir la tradición.
Las costas y las zonas marítimas también tienen una presencia fundamental. Panamá es un país atravesado por el mar, el tránsito y la relación entre territorios. El Caribe y el Pacífico no son solo paisajes: representan culturas, músicas, comidas, memorias migratorias, oficios y modos de vida. Un cine verdaderamente panameño tendría que prestar mayor atención a esa dimensión acuática y costera que ha marcado nuestra historia.
La selva y los territorios indígenas abren otro campo de reflexión. La cámara debe acercarse a ellos con especial respeto, pues no se trata de utilizar el paisaje como un elemento exótico. Filmar comunidades y territorios culturalmente distintos exige diálogo, consentimiento, comprensión y responsabilidad. El cine puede contribuir a visibilizar, pero también puede deformar cuando no escucha. Por esa razón, pensar el territorio cinematográfico implica asumir una ética de la representación.
Panamá ha sido visto muchas veces desde afuera por su Canal, su posición geográfica o sus servicios. Sin embargo, el país es mucho más que un punto de tránsito. De ahí la necesidad de fortalecer una mirada audiovisual propia. Filmar Panamá desde Panamá significa contar historias nacidas de nuestras experiencias, nuestros acentos, nuestros barrios, nuestros pueblos, nuestras músicas y nuestras contradicciones.
El potencial cinematográfico del país no se limita a atraer producciones extranjeras. También debe servir para impulsar relatos nacionales. La formación de guionistas, directores, productores, documentalistas, sonidistas, editores, actores y técnicos forma parte de esa tarea. Un territorio se vuelve cinematográfico no solo por su atractivo visual, sino porque existe una comunidad creativa capaz de narrarlo.
Panamá tiene suficientes historias para construir una memoria cinematográfica más sólida. Tal vez nos falta mirarnos con mayor decisión. Hay relatos en los barrios, los pueblos, los archivos familiares, los músicos, las mujeres que sostienen las tradiciones, los trabajadores, los jóvenes y las comunidades que rara vez llegan a la pantalla grande o a las plataformas digitales.
Pensar Panamá como territorio cinematográfico es una invitación a mirar el país con ojos narrativos. No se trata de filmar por filmar, sino de comprender que cada paisaje contiene una historia posible. Cada calle, río, mercado, playa, plaza y rostro puede formar parte de una memoria audiovisual más amplia. El cine puede ayudarnos a reconocer que este país pequeño tiene una gran imagen por construir.
El autor, Roberto Antonio Pinto Rodríguez, es doctor en Ciencias de la Comunicación Social, profesor de la Facultad de Comunicación Social de la Universidad de Panamá y especialista en medios de comunicación y cultura. Ha dedicado parte de su vida a la promoción y preservación del patrimonio cultural panameño, tanto material como inmaterial, a través del audiovisual.


