Sanar desde el método Ethnoenfermería: fin de la falsa equidad sanitaria
En los pasillos hospitalarios del país impera una certeza técnica incuestionable: protocolos clínicos estandarizados y prescripciones universales diseñadas desde escritorios centrales. Sin embargo, a cientos de kilómetros —en las comarcas originarias, las costas afropanameñas o los campos rurales—, este andamiaje formal choca contra un muro silencioso. No siempre se trata de escasez de insumos; se trata de una profunda incomprensión humana.
El sistema de salud panameño incurre con frecuencia en una trampa peligrosa: la falsa equidad. Al tratar de forma idéntica a poblaciones con cosmovisiones, etnohistorias y concepciones de vida radicalmente heterogéneas, la atención formal no democratiza; invisibiliza y despersonaliza. Cuando una directriz biomédica colisiona contra las nociones locales del pudor, la maternidad o el dolor, la respuesta comunitaria no es la negligencia: es el repliegue defensivo y el ausentismo en los centros de salud.
Para quebrar este distanciamiento, la etnoenfermería —sustentada en la teoría de Madeleine Leininger— ofrece una respuesta metodológica rigurosa. Su mérito es desterrar la asimetría clínica y articular dos saberes indispensables: la dimensión emic (la voz, espiritualidad y medicina popular de la comunidad) y la dimensión etic (la evidencia científico-técnica profesional). Lejos de invalidar la práctica ancestral o imponer con rigidez el manual hospitalario, este enfoque permite negociar acuerdos terapéuticos, preservar costumbres protectoras y reorientar hábitos de riesgo únicamente mediante el diálogo pedagógico y respetuoso.
La evidencia científica generada en Panamá confirma que este método no es retórica de aula. En Guna Yala, por ejemplo, los abordajes cualitativos han transformado la prevención del consumo de drogas al conectarla con el respeto comunitario y el cuidado de la naturaleza, superando enfoques punitivos ineficaces. Asimismo, la adaptación cultural en tamizajes de cáncer cervicouterino y control prenatal acerca los servicios esenciales a metas concretas de la Agenda 2030: reducir inequidades históricas (ODS 10), salvaguardar la salud materna y reproductiva (ODS 3) y empoderar a la mujer frente a la violencia estructural (ODS 5).
Esta transformación interpela directamente a la educación superior. Las universidades no pueden conformarse con graduar profesionales adiestrados únicamente en destrezas técnicas dentro de cuatro paredes. Resulta imperativo transversalizar la etnoenfermería y la competencia cultural en los planes de estudio. El personal sanitario debe formarse para descifrar el entorno cultural del paciente con la misma minuciosidad con que toma los signos vitales, asumiendo un rol de abogacía social que denuncie el abandono institucional en las periferias.
Sanar a Panamá exige cerrar primero la brecha de desconfianza entre el Sistema de Salud y sus comunidades. La etnoenfermería representa el puente ético para convertir nuestra riqueza multicultural en bienestar colectivo. Solo cuando la ciencia biomédica aprenda a escuchar con respeto el saber de los territorios, el derecho a la salud dejará de ser un privilegio centralista para convertirse en una realidad justa y digna en cada rincón del país.
La autora es docente e investigadora, Facultad de Enfermería, Universidad de Panamá


