Mis Memorias Acerca de la Invasión de Estados Unidos a Panamá el 20 de diciembre de 1989
El martes19 de diciembre de 1989, como era de costumbre, de dirigí al Instituto Nacional donde laboraba en la Nocturna Oficial hasta finalizar el año. Siempre llegaba una media hora antes de la entrada a clase al McDonald, ubicado en la Central, alrededor de las 5:30 pm para conversar con “el Capi”, un militar retirado de las Fuerzas de Defensa de Panamá (FDP) quien, un poco taciturno y con un nerviosismo evidente, me dijo de manera determinante “No vaya a trabajar hoy, y si lo hace, retírese a más tardar a las 10:30”. Le pregunté por qué, si tenía conocimiento de algo que iba a suceder, pero no quiso darme explicaciones. Yo sabía que él mantenía ciertos contactos, por lo que seguí sus recomendaciones y, después de esperar un bus por casi una hora, cuando iba llegando a mi casa, en Pedregal, empezaron a caer las bombas en Tocúmen y Tinajita a eso de las 12:45. Y a pesar del estruendo de los bombazos que estremecían el suelo, me quedé profundamente dormido por el cansancio.
Desperté como a las 7:00 am y me dirigí a un vecindario cerca de mi casa donde vivían unos conocidos de Puerto Armuelles que tenían tres hijos trabajando para la FDP: uno en la Compañía de Fusileros del Fuerte Amador, otro en la Cárcel Modelo de El Chorrillo y el otro en la 1ra. Compañía de Infantería de Tinajitas. Este último cruzó, junto con su armero, los montes que daban a Pedregal llegando al momento que me acercaba a su casa; traían dos ametralladoras AK47, granadas, pistolas, cuchillos y un cohete soviético cargado llamado RPG. Tuve la oportunidad de preguntarle acerca de cómo fue la acción en Tinajitas y esto fue lo que me contó: “A nosotros nos avisaron del día y la hora de la invasión, por lo que salimos del Fuerte y nos ubicamos en las partes altas; dejamos que bombardearan el cuartel vacío y esperamos hasta que lanzaron los paracaidistas e inmediatamente empezamos nuestro ataque con bazucas, AK47 y lanzagranadas. Le dimos duro provocándoles muchos muertos y heridos”. Y para demostrármelo sacó 14 pequeñas águilas de oro de esas que le ponen a los graduados de la West Point. “Pude haber arrancado más a muchos muertos, pero nos habían descubierto y tuvimos que huir despavoridamente por el monte hasta llegar aquí”. Acto seguido le aconsejé que enterrara esos “trofeos”, aunque fueran muy valiosos, porque lo más probable era que en poco tiempo vendrían por él a través de la lista de informantes cipayos que colaboraban con los invasores. Y de hecho así fue. Días después un convoy de tanquetas y helicópteros rodearon la Tenería Tauro, propiedad de la esposa de Noriega, Felicidad Sieiro de Noriega, ubicada a unos 200 metros de mi residencia, pero ya éste había huido a otro escondite en la madrugada anterior. Algunos meses después, las 14 águilas de oro arrancadas a los cadáveres norteamericanos me llevaron a pensar que ellos mintieron a la prensa internacional cuando aseguraron que sólo habían tenido 21 bajas. 14 águilas que pudo arrancar de los muchos más muertos, sólo en Tinajitas; y que hay de los que murieron en Panamá Viejo, El Chorrillo (donde les tumbaron un helicóptero Apache que en poco tiempo lo engancharon con otro para borrar la evidencia), en Tocúmen y áreas aledañas donde se dieron fuertes combates hasta el mediodía del miércoles.
Como a las 9:00 de la mañana del día siguiente, me arriesgué a comprar algo de víveres en un minisúper chino que estaba al lado del Hotel El Parador. Cuando me disponía a pagar la cuenta una ráfaga de ametralladora agujereó la enorme puerta corrediza del establecimiento que estaba a medio cerrar, era una nube de paracaidistas estadounidenses que disparaban desde el aire a soldados panameños que disparaban desde tierra; me refugié detrás de unos sacos de arroz donde quedaron las balas incrustadas. Hubo un momento de calma que aprovechamos para salir del lugar y dirigirnos a nuestros hogares. Los combates continuaron hasta casi al mediodía cuando algunos de los combatientes panameños empezaron a saquear los supermercados y la Caja de Ahorros ubicados en la entrada de Pedregal. Según las personas que venían con carritos llenos de víveres, ropa, zapatillas y hasta un pernil de una vaca al hombro, los combatientes de un Jeep usaron la ametralladora y granadas para abrir La Caja de Ahorros y el supermercado Gago, frente a la mirada impasible de los soldados gringos, porque éstos alimentaban el caos y el saqueo con el fin de neutralizar los combates.
El jueves 21, me dirigí a la ciudad de Panamá para presenciar lo que estaba ocurriendo; no quería que me contaran. Como profesor de historia deseaba vivir mis propias experiencias para un día escribir mis memorias y contarla al mundo, sin tapujos, sin parcialidad alguna y con la mayor objetividad posible. Caminé por la Avenida Perú cruzando de vez en cuando a Calidonia y observando las barricadas de sacos de arena y soldados jovencitos, blancos de ojos azules que parecían más asustados que los transeúntes, porque apenas mostraban los ojos por debajo del casco. Y pensé “esos no invadieron la madrugada del 20, los colocaron allí para los fotógrafos; fueron mercenarios y veteranos los que lo hicieron, principalmente latinos (cubanos de Miami y portorriqueños) que los usaron por el uso del español y como carne de cañón”.
Vino el atardecer y sin darme cuenta iban a ser la 6:00 pm, hora del toque de queda, cuando los gringos te podían disparar si te encontraban en la calle. Al parecer, esas eran las órdenes, así que me refugié en el Hotel Central, en el bar, donde vi como un soldado norteamericano tomó del brazo a un hombre que estaba con una dama, lo sacó del asiento tirándolo al piso y se sentó con ella en contra de su voluntad. Él no chistó una palabra y se fue a otra silla. Eran tres combatientes: una mujer y dos hombres altos y rubios armados con ametralladoras enormes, y un policía panameño provisto de una pequeña pistola y un tolete a quien enviaron por café y hamburguesas como un buen niño diligente. Se me revolvieron las vísceras y me dieron ganas de vomitar de la rabia que sentía al presenciar aquella escena humillante. Así eran las famosas “patrullas conjuntas” con la nueva Guardia Nacional domesticada, reorganizada en la colonialidad existente. Como decía el psiquiatra y filósofo Frantz Fanon, uno de los grandes anticolonialistas del siglo XX, “Una mente colonizada luchará más por proteger la imagen del amo que por recuperar su propia dignidad”.
Esa noche pernocté en el Hotel Central. En la mañana del viernes 22 de dirigí a mi casa para dormir y descansar un poco, y de paso me percaté que la lavandería donde llevaba toda mi ropa de salir había sido saqueada. Como a las 7 pm fui a visitar a mi interlocutor con la finalidad de obtener más información, de primera mano, relacionada con sus experiencias de combate, a lo que accedió gustosamente saliendo a la vereda contigua a su casa, pero en medio de la conversación una patrulla de helicópteros apaches pasaron volando muy bajo hacia la Tenería Tauro. Uno de ellos regresó y se posó sobre la vereda que hacía las veces de portal de la vivienda, y un soldado portorriqueño (por su acento) sentenció “Por favor entren a sus casas; por favor entren a sus casas a la una; por favor entren a sus casas a las dos, mientras el punto rojo de los láseres iluminaba nuestros pechos; por favor…, inmediatamente entramos a la casa hasta que dejamos de escuchar el estruendo del motor y las hélices de los helicópteros.
Hay muchas experiencias más que contar, pero este espacio tiene sus limitaciones; algunas de ellas las relaté en mi novela La fuerza de voluntad de Abelardo, cuyos dos tirajes ascendieron a 3 mil ejemplares, pero en una mezcla de verdad y ficción dado que es una obra literaria. Sin embargo, no puedo pasar por alto lo ocurrido el viernes 22 durante horas de la tarde, a eso de las 3 pm. Ese día regresé a la ciudad y al caminar por Avenida Perú, frente al Archivo Nacional, donde dirigía tesis de grado de los documentos de ese centro por parte de la Universidad de Panamá, junto con mi colega y amigo Orestes Arenas, me percaté de que un convoy de tanquetas que venía de la Avenida Franguipani, acompañada de muchos helicópteros, por la calle que da a Calidonia donde estaba la Cantina Montmartre, fue atacada desde el caserón estilo francés que todavía existían en Calidonia y El Chorrillo. Uno de los helicópteros regresó y ametralló la casa por unos minutos hasta quedar un silencio sepulcral, e inmediatamente los soldados desplegaron la cinta amarilla para evitar a los intrusos y mirones. Nunca se supo cuántas personas murieron en el caserón porque nunca lo dijeron en las noticias, debido a que todos los medios estaban bajo control del ejército del Comando Sur.
El autor es profesor de historia TC de la Universidad de Panamá y estudiante de la Maestría de Historia de las Relaciones entre Panamá y Estados Unidos.


