Panamá y Estados Unidos: una soberanÃa ganada más de una vez
Pocas naciones han tenido que demostrar tantas veces que son dueñas de su propio territorio como Panamá. Desde 1903 hasta hoy, la relación con Estados Unidos se ha movido en un mismo compás: cada vez que el istmo recupera valor estratégico para Washington, alguien en el norte recuerda que nunca terminó de aceptar del todo haberlo cedido. No se trata de una opinión antojadiza ni de un resentimiento heredado de generación en generación; basta repasar los hechos, uno detrás de otro, para notar el patrón, y para entender por qué la palabra soberanÃa pesa distinto para quien nace en este istmo.
Todo arrancó con una separación de Colombia que Panamá celebra como gesta propia, aunque difÃcilmente habrÃa prosperado sin el respaldo de Washington. En noviembre de 1903, mientras un buque de guerra estadounidense impedÃa que tropas colombianas cruzaran el istmo para sofocar la revuelta, un ingeniero francés llamado Philippe Bunau-Varilla firmaba con el secretario de Estado John Hay un tratado que entregaba a perpetuidad una franja de tierra bajo control extranjero. Lo llamativo, y lo que pocas veces se dice con todas sus letras, es que Bunau-Varilla no era panameño ni tenÃa instrucciones claras del nuevo gobierno para negociar en esos términos precisos. El paÃs nacÃa, entonces, con una soberanÃa ya recortada de fábrica.
De ahà salió la Zona del Canal, ese paÃs dentro del paÃs que existió durante buena parte del siglo veinte, regido por leyes estadounidenses, con escuelas separadas y barrios donde un panameño de a pie necesitaba casi un permiso para entrar. El geógrafo David Harvey ha llamado a este tipo de operaciones acumulación por desposesión: el despojo de territorio, trabajo y renta bajo el amparo de un marco legal que el más fuerte redacta a su medida. Pocas imágenes explican mejor ese concepto que la Zona misma, sostenida durante generaciones a pura fuerza de tratado desigual y de una frontera que dividÃa la misma ciudad.
La ruptura llegó el 9 de enero de 1964, cuando un grupo de estudiantes intentó izar la bandera panameña junto a la estadounidense en una escuela de la Zona y la respuesta fue una represión que dejó más de veinte panameños muertos, la mayorÃa muy jóvenes. El paÃs rompió relaciones diplomáticas con Estados Unidos por primera vez en su historia, y esa fecha, que hoy se conmemora como el DÃa de los Mártires, entró después en los libros de texto y en los actos cÃvicos como lo que el crÃtico Homi K. Bhabha llamarÃa el relato pedagógico de una nación: la versión que un paÃs repite en sus escuelas para sostener su propia idea de sà mismo. Trece años después, el general Omar Torrijos Herrera y el presidente Jimmy Carter firmaron los tratados que fijaron el 31 de diciembre de 1999 como fecha de devolución total del Canal, en lo que entonces se llamó, con razón, un acto de descolonización pacÃfica.
Pero incluso ese acuerdo tuvo una excepción impuesta a la fuerza. En diciembre de 1989, Estados Unidos invadió Panamá para sacar del poder al general Manuel Antonio Noriega, antiguo aliado de Washington convertido en incómodo cuando dejó de serle útil. La operación, bautizada Causa Justa por el gobierno del presidente George H. W. Bush, dejó un número de muertos civiles que todavÃa se discute, con el barrio de El Chorrillo como la imagen más dura de esos dÃas. El episodio recordó algo que conviene no olvidar: la disposición a intervenir militarmente no desapareció con la firma de un tratado, solo quedó guardada en reserva.
El historiador John Bellamy Foster ha escrito que la geopolÃtica del siglo pasado giró, en buena medida, alrededor del control de puntos estratégicos capaces de decidir el comercio y la guerra por igual. El istmo panameño encaja en esa descripción casi sin ajustes: pocos lugares del planeta concentran tanto peso en un espacio tan angosto. Por eso el 31 de diciembre de 1999, cuando la presidenta Mireya Moscoso recibió el Canal de manos estadounidenses, muchos panameños sintieron que por fin se cerraba un capÃtulo. La opinión que aquà se defiende es que ese capÃtulo nunca cerró del todo, solo entró en un receso que duró un cuarto de siglo.
La prueba está a la vista. Desde su regreso a la presidencia en 2025, Donald Trump retomó, con un tono que ya nadie recordaba desde los años de la Zona, la idea de que el Canal deberÃa volver a manos estadounidenses, alegando cobros excesivos y una influencia china que, según él, comprometÃa la neutralidad pactada en 1977. El presidente José Raúl Mulino respondió sin rodeos: la soberanÃa del Canal no se negocia. Meses después, el propio gobierno panameño terminó revocando la concesión de los puertos de Balboa y Cristóbal a la empresa hongkonesa que los operaba, en parte por la presión de Washington, y entregó su manejo interino a navieras europeas. El desenlace, sin que nadie lo dijera abiertamente, terminó favoreciendo los intereses estratégicos de Estados Unidos en la región.
El economista Prabhat Patnaik ha planteado que ciertas potencias, al carecer de colonias propias de las cuales extraer excedente, buscan compensarlo reafirmando control sobre puntos y recursos que consideran vitales en otras naciones. Panamá no necesita mirar muy lejos para reconocer ese guion. Nada de esto significa que el paÃs esté condenado a repetir la historia sin remedio, pero sà obliga a entenderla bien: la devolución del Canal en 1999 fue una victoria real, ganada con sangre joven y con paciencia diplomática, pero no un punto final ni una garantÃa escrita para siempre. Cada vez que el istmo vuelve a pesar en el tablero mundial, Panamá tiene que volver a decir, con la misma firmeza de siempre, que esa tierra es suya.
El autor es Estudiante de MaestrÃa en Historia de las Relaciones de Panamá con los Estados Unidos Centro Universitario de Panamá Oeste.


