El árbol viejo de tía pacha que se resistía a morir


Por: Mayerlis Contreras | Publicado el: 23 diciembre 2020 Crónicas

En la casa de campo en Macaracas, en una comunidad de la provincia de los Santos, rodeada de muchos árboles frutales, un río y mucha vegetación vivía mi abuela Cristóbalina Valdez, cariñosamente los pobladores la solían llamar tía pacha, no porque tomaba trajo sino por lo que se dedicaba a la recolección de botellas de licor dejado por los moradores, para luego venderlas a la empresa que quedaba en ese lugar.

Durante los tiempos de vacaciones de la escuela, mis padres me solían mandarme a Macaracas, para hacerle compañía a mi abuelita, quien, al verme llegar, ella mostraba su alegría corría a abrazarme y me decía llego mi pequeño bebe, en vista que vivía sola, tenía solamente como acompañantes un loro a quien lo llamaba fulo, se la pasaba cantando y saludando a todo aquel que llegara a la casa, había aprendido a decir hola amor, mi vida, mi cielo, como estas, también tenía dos pericos, uno llamado tito y otro beto, los dos perros, eran grandes uno se llamaba Leron que era un rombainer y otro un pastor alemán llamado Blaqui.

La casa de la abuela, era grande tenía una hectárea, estaba construida de concreto, con un gran patio, muchas gallinas ponedoras y de patio caminando, había cerca de la casa un gran árbol de mango que tenía aproximadamente más de 15 años dando frutos y era aprovechado para hacer batidos, mermeladas y otras bondades que se podían derivar de aquella nutritiva y saludable fruta.

Ese árbol guardaba muchos recuerdos de familia, y de personas que solía invitar la abuela, había sido testigos de la niñez, la adolescencia de mis primos, mi padre, así como también el mio. Pareciera que el tiempo pasará y el árbol sigue fuerte, nada lo acaba, solo le faltaba hablar, para que cuente sus historias.

Por la mañana y la tarde se observaba decena de pájaros, loros, pericos, talingos y otras aves acudían en busca de su sustentó de esta fruta codiciada, el árbol de mango no solo tenía un gran significado por las personas, sino también por las aves, que pareciera distinguir y apreciar el gusto que tiene el árbol de mango.

Por la tarde mi abuela solía reunirnos cerca del árbol de mango, donde también acudían niños que vivían cerca de la casa para escuchar los cuentos e historietas relacionadas de antaño.

Todos los niños, le solían escuchar muy detenidamente, y a veces le preguntaba algo que me llamara la atención, la manera de contarnos y describirnos era tan interesante y nadies interrumpía ni se iva a otro lado para escucharla hasta el fin de sus relatos.

Después de terminado los cuentos, iba con un grupo de amiguitos y con la abuela al rio cerca de la casa, para bañar, luego recorríamos el parque de la comunidad, visitábamos la parroquia, luego algunas amigas de la abuela quien me presentaba y le decía que era mi nieta querida, quien me visitaba todos los años, para ver que este bien y disfrutar sus cortas vacaciones escolares.

Faltando pocos días para que se termine mis vacaciones para regresar nuevamente a la casa, me embargaba tristeza y nostalgia ya que me había acostumbrado al ambiente, tenía amigos y disfrutaba de los paisajes, la vegetación, el río y las costumbres propia que solo se ven en el interior, por ser una región con muchos mitos, leyendas y costumbres del campo.

Al despedirme de mi abuela y mis amigos me sentía triste, notaba en ellos un gesto de tristeza, pero lo hacía con la promesa y el compromiso de regresar el otro año y disfrutar de todas esas cosas a que solo se ven en esa región del interior del país.

Al abordar el bus que me trasladaría nuevamente a la capital, específicamente a Las Cumbres y Alcalde Díaz, con tres horas de viaje, venía a mi mente durante el camino todas esas bellas cosas hechas en mis vacaciones, una vez en casa le contaba a mis padres y amigos de barrio y de la escuela de todas esas hermosas vivencias durante mis vacaciones y esperar hasta el otro año, para volver a visitar a mi abuela y a muchas personas que había conocido cada vez que voy a Macaracas.

Cada mes del año que transcurría, lo esperaba con ansias que pase para ir de vacaciones a la casa de la abuela y disfrutar de todas esas bellas e interesantes vivencias propias del interior a la que ya me había acostumbrado.

Por fin llego el día de vacaciones, mis padres me llevaron donde la abuela, quien al verme llegar me abrazo y me dijo que me había extrañado mucho y esperaba también verme.

Esa tarde nos volvimos a reunirnos al pie del árbol de mango, estaban las bancas que era donde nos sentábamos para escuchar los cuentos, le pregunté que nos cuente la historia del árbol de mango.

Ella miró a todos los jóvenes que se encontraban sentados y con una voz suave empezó a relatar la historia del árbol de mango.

Este árbol tiene muchos recuerdos de familia, ha visto crecer a todos mis hijos mis nietos y otras familias, he tratado siempre de conservarlo y no cortarlo porque alegra la casa, sus sombras nos refresca de este sol fuerte de verano y por las tardes su fresca brisa que nos brinda aire puro, nos das sabrosos y ricos mangos y es refugio de hermosas aves como palomas, pájaros, loros, talingos, quienes buscan hacer sus nidos y buscan su sustento.

Luego, espere una pausa o silencio de la abuela, para interrumpirle nuevamente y preguntarle quien había sembrado el árbol de mango, porque tanta nostalgia y cariño, misterio por él.

Ella con su acostumbrado semblante y una leve sonrisa, me miró fijamente a los ojos y me respondió de una manera alegre y jovial, ese árbol fue sembrado por mi padre, un señor amante a la agricultura y trabajador del campo, que le costó tener estas tierras y sembrar todos estos árboles, siendo el árbol de mango haberse constituido en una reliquia y legado en esta familia, han pasado meses, años, tras años. Han sucedido muchas cosas y el sigue en pie, firme dando sombra y frutos, al igual que tu me preguntas así lo hacía yo con mis tíos quienes me solían relatar estas cosas que se siguen trasmitiendo entre los miembros de la familia, para conservar la historia y el valor que representa el árbol en la familia.

La abuela, hizo una pausa un poco larga, volvió a mirarnos y nos dijo todas las iniciales de las letras que tiene el árbol son producto de la familia, quienes solían visitar esta casa en sus vacaciones y dejaron estas letras de recuerdo, de su paso por esta vivienda y cuando vuelven se acuerdan de estos relatos de familia que le solían contarnos y han perdurado y lo seguirán haciendo mientras haya un descendiente de la familia.

Ahora ustedes son testigos de todas estas anécdotas que están escuchando, el tiempo pasa y el árbol se mantiene firme aguantando la época de verano y de las lluvias que también le afecta y al igual que uno envéguese ellos también le ocurren lo mismo, nacen, crecen, se desarrollan y mueren.

Esta argumentación de mi abuela me hizo comprender porque el árbol de la tía pacha no quería morir, se resistía a seguir viviendo, lo mantenían los recuerdos las anécdotas, las vivencias que se trasmitían de generaciones de la familia en generación.

Las personas que llegaban a la casa de la abuela, se enamoraba a simple vista del árbol, su ubicación a un lado de la casa le daba una vista panoramica no muy común en el barrio, contaba con una linda hamaca, una docena de bancos, que servían de descanso y un lugar tranquilo, para meditar, leer un libro.

Sus ramas y hojas cargadas de grandes y dulces mangos, eran codiciados por los moradores, quien iban a la casa a comprarlos para hacer dulces, batidos, ensaladas y otras delicias comunes y propias por la gente del interior.

Faltando pocos días, para que se acabará las vacaciones y regresar nuevamente a la casa mi abuela me manifestó durante la cena, que esta casa me la iva a dejar a mi con el compromiso de cuidarlo y que el árbol de mango no sea cortado por ninguna circunstancia y que siga allí en ese lugar, que sea el destino que, si se llega a secarse o se extingue, solamente sea solo por esa circunstancia, pero no por algunos de nosotros.

Entonces comprendí la gran responsabilidad y el legado que ella quería que yo cumpliera y asumiera en algún momento, todo un compromiso de familia, me sentí alagada, poder heredar toda una casa con muchas comodidades que no la consigues en ninguna parte de la capital por el alto costo que representa tener un terreno y, sobre todo, rico en historia y gente pujante, trabajadora del campo, con grandes sembradíos de tomate, ají, habichuelas, culantro, sandía, melón, cebolla, maíz.

Yo, también la mire a los ojos, la abrase, le di un beso y le di mi palabra y pude comprender porque el árbol viejo de tía pacha se resistía a morir.

La autora es Estudiante de Periodismo

 


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